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sábado, 5 de septiembre de 2026

Paranoia (Creepypasta)

 



Un relato anonimo, algo largo pero muy bueno.

Paranoia


Domingo/No estoy seguro de porqué escribo esto en papel y no en mi computadora. Confío en mi computadora, aunque no pueda dejar de pensar en algunas cosas raras que me han estado pasando. Creo que necesito organizar lo que pienso, escribir todos los detalles y poder mirarlos sin que me preocupe que puedan perderse, o cambiar; eso no es posible, no es que crea que haya ocurrido. Es mi memoria, enturbia las cosas, las reensambla.


Puede que el problema sea lo encerrado que me siento en este departamento. Buscaba algo barato y encontré esto en un sótano. Aquí no hay ventanas y eso hace que el día y la noche parezcan una sola cosa. Han pasado algunos días desde que salí por última vez. He estado sumergido en mi proyecto de traducción, quiero terminarlo de una buena vez. Estar sentado delante de un monitor por horas hace que cualquiera se sienta extraño. Pero esto es otra cosa.


No estoy seguro de cuando comenzó. Ni siquiera sé si ha comenzado algo. No he visto a nadie en dos días. Todos aquellos a los que normalmente les hablo por messenger han estado inactivos, o desconectados. El último mensaje que recibí fue de un amigo diciéndome que charlaría conmigo cuando volviera de la tienda, ayer. Le llamaría, pero aquí mi celular no tiene señal.


Eso, eso es. Sólo necesito llamar a alguien. Voy a salir.


Eso funcionó, más o menos. El miedo se desvanece, me siento ridículo. Me miré en el espejo antes de salir, no me he rasurado. Sólo iba a salir para usar mi celular, pero me cambié de camisa de todas formas; de acuerdo a mi reloj, era la hora en que algunas personas salen a almorzar y supuse que me encontraría con alguien afuera. Creo que eso era lo que quería, pero no me encontré con nadie.


La entrada principal de mi edificio siempre está abierta. Da a una sala de recepción con una caseta de vigilancia. La casera usa esa caseta para guardar cajas y trastos viejos bajo llave; por el precio de la renta, es normal que no exista ningún vigilante o empleado ahí. Al lado de la caseta hay una puerta de metal, que sería la verdadera puerta de acceso para los inquilinos. Es pesada, vieja y está cerrada con llave; siempre me ha dado la impresión de pertenecer a un barco por la ventanilla circular que tiene al centro. Da hacia el primer descanso de las escaleras del edificio, que bajan al sótano y conectan con el resto de los departamentos, arriba.


Mi cuarto está después del trecho que baja desde ese descanso, al fondo de un largo pasillo cuyos muros de pintura descarapelada son iluminados por un trío de lámparas de neón que no dejan de chasquear, encendiéndose y apagándose en una agonía que al parecer durará mucho tiempo todavía; dos viejas expendedoras automáticas de refresco franquean los muros, zumbando a unos metros de donde se encuentra mi puerta. Cuando recién llegué compré un refresco en una de ellas, la lata tenía dos años caducada. Creo que ningún vecino sabe que esas máquinas están aquí y que mi casera las usaría para guardar trastes viejos también, si supiera cómo abrirlas.


Salí al pasillo y deslicé despacio la puerta de mi departamento, dejándola emparejada. Salí a escondidas. Aunque no necesitaba hacerlo, fue divertido rendirse a la necesidad absurda de no interrumpir el zumbido letárgico de las expendedoras, camuflarse con el rumor general del pasillo. Me asomé por la ventanilla circular de la puerta metálica. Miré varias veces mi reloj de pulsera y hacia el exterior visible desde la puerta principal. No era hora del almuerzo, ni siquiera era de día. A ratos los automóviles que daban vuelta en la intersección cercana iluminaban la recepción con sus luces; como si fueran un faro.


Alcancé a mirar una porción del cielo desde ahí; algunas nubes púrpuras y grises colgaban inmóviles del firmamento. Afuera tal vez hacía frío. Tal vez hacía viento. Creí escucharlo, soplando entre los viejos abedules de la acera colándose por la puerta principal y apenas acariciando la puerta detrás de la que me encontraba. Pensé que era esa clase particular de viento posterior a la media noche, constante, frío, como un muro de algodón helado.


Decidí no salir. En su lugar, boté el oxidado seguro de la ventanilla, la recorrí hacia un lado y saqué el celular con una mano. El medidor de señal se llenó de barras, sonreí. Era tiempo, al fin, de escuchar a alguien más, recuerdo que pensé, aliviado. Aún me sentía avergonzado de estar alarmado sin ningún motivo. Escogí a Alejandra de entre mi lista de contactos frecuentes y acerqué el teléfono a mi cabeza tanto como pude. Dio el tono una sola vez. y contestaron. Me quedé inmóvil unos instantes, escuchando. Colgaron.


Miré el medidor de señal, seguía lleno. Me pareció extraño. Iba a llamar a Alejandra de nuevo, pero entonces el aparato sonó. Era un número desconocido. Presioné el botón para contestar y me llevé el auricular al oído. ¿Bueno?, dije, deteniendo la sorpresa de escuchar una voz al fin, aunque se tratara de la mía. Me había acostumbrado a los sonidos del edificio, las máquinas y mi computadora, como si fueran un muro, un sonido que no debía ser interrumpido por ningún motivo. Nadie respondió del otro lado por un tiempo que recuerdo demasiado largo, haciéndome sentir esa incertidumbre que te hace pensar en un error de conexión, una falla en los teléfonos.


Qué onda, dijo la voz de un joven al otro lado de la línea, ¿Quién eres?


Luis, le respondí y escuché de nuevo el silencio del otro lado de la línea.


Ah, Luis. Número equivocado. Perdón.


Colgó.


Bajé el celular y recargué el cuerpo contra el muro. Me deslicé hacia abajo, lentamente. Revisé de nuevo el número en el registro de llamadas. Era un número desconocido, no me sonaba a nada, pero hacía mucho que había dejado de memorizar números, desde que tener un celular que los recordara por ti se volvió un asunto normal. Antes de que pudiera seguir pensando, el celular sonó de nuevo. Ni yo ni mi celular conocíamos este número tampoco. Contesté y coloqué el aparato en mi oído. Esta vez decidí no decir nada. Silencio. El silencio que un teléfono capta con alguien sosteniéndole, tal vez, el silencio filtrado por una suave pantalla de pensamientos incompletos más bien. Esta vez era una voz familiar.


¿Luis? dijo Alejandra del otro lado de la línea, sentí que el calor me volvía al cuerpo.


Ale, qué gusto me da que seas tú, ¿cómo estás?.


¿Pues quién más iba a…? ah, el número. Estoy en una fiesta y a mi celular se le acabó la batería cuando me marcaste. Apenas alcancé a ver que eras tú. Pedí prestado este celular para marcarte.


Ah… está bien.


¿Dónde estás?


Paseé los ojos sobre lo muros de pintura descarapelada y la pesada puerta delante de la que estaba, su pequeña ventana arriba.


En mi departamento. Me siento un poco mal. Ni siquiera sabía que era tan tarde.


Órale… ¿y no quieres salir? ¿no quieres venir a la fiesta?


Nah. No estoy de humor para andar buscando fiestas a estas horas.


Me puse de pie y miré por a la ventana, a esa porción extraña de cielo y a esa silenciosa y oscura calle que hasta hace unos segundos parecía estarme hablando en un lenguaje al que nunca suelo prestarle atención.


Voy a seguir chambeándole un rato más a mi proyecto y luego a dormir, hoy no salgo.


Hombre, no seas así. Es más, voy por ti. Estoy en el centro, tu casa queda cerca, ¿no?


¿Quieres venir por mí hasta acá?… ¿Ya estás peda verdad?


¿Entonces no crees que pueda llegar a tu casa caminando?


Pues de que puedes, puedes, si te quieres echar hora y media de madrugada, tarolas.


Estás muy lejos entonces. Bueno, entonces nos vemos otro día, ¡buena suerte con tu proyecto!


Colgó.


Bajé el teléfono. Miré los números parpadeando en mi pantalla, mientras la llamada finalizaba. El silencio, el zumbido de las máquinas volvieron a mis oídos, regresándome a esa porción del mundo en el que me encontraba antes de la llamada. Las dos llamadas extrañas y esa suerte de color fuera de lugar allá afuera, en la calle, terminaron por encarrilar de nuevo un sentimiento extraño en la oscuridad del pasillo. Tuve la idea de que algo podría asomarse por la ventana y verme, alguna clase de entidad latente, orbitando en las fronteras de la soledad, esperando el momento de arrastrarse hasta algún ser humano que se hubiera alejado demasiado de su rebaño; quizás sólo eran todas esas películas y novelas de miedo, sugestionándome.


Me quedaba claro lo tonto que mis miedos son, pero nadie podía verme en ese momento. Seguí mirando a la calle por un rato más, hasta que los carros dejaron de pasar. Bajé las escaleras y entonces arranqué a correr por el pasillo, a toda velocidad; cuando llegué a mi puerta, la abrí y la cerré suavemente detrás de mí. Intentaba mantener el silencio. El silencio se había vuelto una cosa vital.


Como dije, me avergüenza un poco estar tan asustado por nada. El miedo se ha ido ahora. Escribir parece estar ayudando, dándome perspectiva. Me ha permitido ver que nada parece extraño en realidad, filtrando todos los pensamientos incompletos, deformes y dejando sólo los hechos:


Es tarde, recibí una llamada de número equivocado.


La batería del teléfono de Alejandra se agotó, así que tuvo que pedir prestado otro número para llamarme.


No está ocurriendo nada extraño.


Pero hay algo al respecto de la conversación.


Estaba borracha. Fue por eso que la sentí tan ajena, tan desconocida.


Sabía que escribir las cosas ayudaría. Ella dijo que estaba en una fiesta, pero no escuché nada más que silencio en el fondo, eso es extraño, eso sí es extraño.


No, no significa nada en realidad:


Ella pudo salir de la casa en donde estaba la fiesta, alejarse del ruido para llamarme.


No es extraño, es completamente normal.


Pero si estaba fuera, ¿entonces porqué no pude escuchar el viento?


¿El viento ha dejado de soplar?


Necesito salir al pasillo otra vez.


Lunes/ Olvidé terminar de escribir anoche. No sé qué esperaba ver cuando crucé por el pasillo y asomé el rostro por la ventanilla. Me siento más avergonzado que ayer. Traicionado por mis pensamientos. El miedo que sentí anoche se ve irrazonable ahora. No puedo esperar para salir y ver la luz del día. Voy a revisar mi mail, voy a darme un baño, rasurarme y salir de aquí. Finalmente voy a salir de aquí. Un momento… creo que escuché algo.


__


Era un trueno. Todo eso sobre la luz del día y el aire fresco… Fui hasta la ventana de la puerta de metal y miré por la ventanilla, para encontrar el cristal de la puerta principal sacudido por los múltiples impactos de una lluvia torrencial. Una luz gris, débil, apenas filtrándose desde las nubes en lo alto y llegaba hasta aquí; pero era de día, incluso si era un día enfermo y húmedo. Intenté esperar por un relámpago, creo que vi algunas siluetas deslizándose por la calle al otro lado del cristal de la puerta en el que el agua se deslizaba como en oleajes.


Me di la vuelta decepcionado, pero no quise volver al sótano. En su lugar subí por la siguiente ronda de peldaños. Pasé el primer piso y el segundo. Las escaleras terminaron en el tercero. Es el piso más alto. Miré la pequeña ventana vertical que daba al exterior, junto a la puerta; tenía esa clase de cristal grueso y distorsionado que no deja ver el otro lado. No había nada qué ver, de todas formas. Abrí la puerta y caminé por el pasillo alfombrado del tercer piso.


Las diez puertas de madera que hace mucho fueron pintadas de color azul estaban cerradas. Escuché atentamente mientras caminaba, pero era mediodía y no escuché nada más que la lluvia cayendo, afuera. Mientras permanecía ahí, a la mitad del pasillo, tuve la impresión de que las puertas a mí alrededor se volvían enormes y silenciosos monolitos, levantados por una civilización olvidada, como guardianes de alguna cosa cuyo nombre había desaparecido en las periferias del tiempo.


Cayó un relámpago que iluminó todo el pasillo. Me burlé de las tonterías lovecraftianas con las que mi mente estaba jugando. Entonces, recordé el balcón que el tercer piso tenía y la puerta corrediza que los vecinos solían usar para venir a sentarse aquí, fumar un cigarrillo o hablar por el celular; estaba un poco más adelante, un par de puertas más allá, en el hueco que la pared formaba a la izquierda. La idea de mirar la ciudad desde arriba, en medio de la lluvia e incluso quizá, encontrarme con alguien más, me emocionó.


Miré la puerta corrediza por un rato. El agua caía sobre ella como sobre la puerta principal del edificio. Podía abrir esta puerta. Levanté una mano y me detuve. Pensé que si deslizaba esa puerta, entonces podría notar algo terrible del otro lado y peor aún, algo terrible podría notarme. Me sentía raro, todo había sido muy raro últimamente. Se me ocurrió un plan. Regresé al sótano para traer lo que necesitaba. Sabía que no lograría nada, pero estaba lloviendo, estaba aburrido y al parecer, aún me estaba volviendo loco.


Volví a mi departamento por una webcam. No tengo el suficiente cable para llegar hasta el tercer piso, así que lo que voy a hacer es esconderla encima de una de las expendedoras, extender el cable por la pared, pasarlo por debajo de mi puerta y usar cinta de aislar para disimularlo con la tira de plástico con el que los muros del sótano terminan. Sé que esto es estúpido, pero por el momento no tengo nada mejor qué hacer.


___


Bien. No ocurrió nada. Dejé abierta la puerta de mi departamento, fui hasta la puerta metálica, la abrí y corrí como un alma que lleva el diablo, bajando las escaleras hasta refugiarme en mi departamento. Miré la transmisión de la webcam, emocionado por un rato. Luego comprendí lo estúpido que me veía. Lo estúpido que en realidad me veo. La estoy mirando ahora mismo. Quisiera que el ángulo fuera distinto y pudiera cubrir al menos una parte de mi propia puerta. Hey, alguien está conectado.


___


La webcam que usé para mi experimento es un modelo viejo y menos funcional que el que usé para chatear con mi amigo. No pude explicarle porqué quería iniciar una videollamada, pero ver otro rostro se sintió muy bien. Me sentiría muchísimo mejor, pero nuestra conversación fue un tanto rara. Sé que en base a este diario podría decirse que todo me está pareciendo raro últimamente, pero sus respuestas me parecieron demasiado vagas, fingidas. No usó ningún nombre particular, o lugar, o evento… pero dijo que se mantendría en contacto por el correo.


Acabo de recibir un mail.


___


Estoy apunto de salir. El mail era de Alejandra. Me pide que vayamos a cenar “a donde siempre vamos”. Amo la pizza y he estado alimentándome a base de los restos de lo que alguna vez fue una alacena decorosa; me muero de ganas de comer algo caliente, ver a Alejandra, terminar con todo esto. De nuevo me siento ridículo por el miedo que he sentido durante estos días. Debería destruir este diario (ni siquiera es un diario), cuando vuelva.


Otro mail.


___


Casi dejo el email para después y abro la puerta. Casi abro la puerta. Casi abro la puerta, pero leí el email. Era de un amigo que tengo varios años sin ver, un viejo compañero de la preparatoria. Lo envió a muchísimos correos, probablemente todos los que tenía guardados en su directorio. Decía:


Usa tus propios ojos no confíes en ellos


¿Qué putas puede significar eso? Sigo dándole vueltas. ¿Es un mensaje enviado para advertir sobre algo que ha ocurrido? ¿Algo ocurrió? El mensaje está incompleto. No. El mensaje fue interrumpido. En cualquier otro día habría creído que esto era spam, pero las palabras “tus propios ojos”… he releído todo lo que he escrito en este diario. Durante estos dos días no he visto a nadie más con mis propios ojos. No he hablado con nadie cara a cara. La videollamada con mi amigo había sido tan extraña… tan vaga… ¿Había sido realmente así? ¿O es mi miedo lo que enturbia lo que recuerdo?


Mi mente está jugando con los eventos que he organizado aquí. Señala que todo lo que ha ocurrido es consecuencia de la información que he dejado ir descuidadamente:


El número equivocado obtuvo mi nombre.


Alejandra me llamó.


Cuando mi amigo apareció en línea, yo lo saludé.


Alejandra me envió un email.


Alejandra


Le dije a Alejandra que mi casa estaba a hora y media del centro.


¿Dónde están todos?


¿Porqué no he visto ni escuchado a nadie en días?


Me están buscando.


Me están buscando y saben que mi casa está a hora y media del centro.


No, no, no, esto está mal. Es de locos.


Necesito calmarme.


No sé qué pensar. He recorrido desesperado cada rincón de mi departamento, sosteniendo mi celular para ver si puedo obtener algo de señal. En el baño. En una de las esquinas superiores. Una barrita. Sostuve mi celular a esa altura. Envié un mensaje de texto a cada uno de los contactos en mi agenda. Creo que tengo que pensar muy bien en mi mensaje, tomar en cuenta la posibilidad, el peor escenario, lo peor que imagino.


Tengo que pensar en mi mensaje.


Tiene que parecer normal, apenas un disparate. Algo poético.


No puedo arriesgarme.


Debe ser sutil, pero sugerente, hablarle a quien esté viviendo algo parecido y esté pensando


___


Esto es lo que envié:


¿Con cuantas caras conocidas te has encontrado últimamente?


Necesito una respuesta. La que sea. Una que se burle de mí estaría bien. No importa si el mensaje es cursi o estúpido. Intenté hacer alguna llamada pero no logré elevar mi cabeza lo suficiente. Si bajo el celular la señal se pierde. Fui a la computadora y envié mensajes a todos mis contactos en línea. Todos estaban inactivos o lejos del teclado. Nadie respondió. Perdí la paciencia. Empecé a inventarme pretextos para justificar tener que hacer una visita.


Nadie contesta.


A estas alturas ya no me importa nada.


Necesito NECESITO ver una persona, la que sea.


Tengo que buscar en mi departamento.


Tiene que haber otra forma de comunicarme con alguien en el exterior sin tener que salir.


Debe haber algo que estoy pasando por alto.


Es una locura infumable, pero es posible ES POSIBLE.


Fijé el celular a la esquina del baño con cinta aislante, por si acaso.


Martes/El celular sonó. Debí quedarme dormido. El timbre me despertó, corrí al baño, me paré sobre el retrete y arranqué el celular del techo. Era Alejandra. Estaba muy preocupada por mí y aparentemente ha estado intentando llamarme desde que la dejé plantada. Viene para acá, no preguntó donde vivía. Estoy muerto de la vergüenza. Definitivamente voy a tirar este diario antes de que alguien lo vea. Ya ni siquiera sé porqué sigo escribiendo en él. Se siente como el único tipo de comunicación desde que estoy aquí.


Me veo mal. Mis ojos están hundidos, mi barba gruesa. Parece que estoy enfermo.


Como dije ya, mi departamento es un desmadre, pero no voy a limpiarlo aún. Creo que necesito que alguien más vea por todo lo que he pasado. Estos últimos días no han sido normales. He sido víctima de la probabilidad. Seguro he estado a un paso de ver a alguien más una docena de veces. He salido en la madrugada, cuando todo el mundo estaba dormido, o a medio día, cuando todo el mundo está trabajando. Todo está bien, ahora lo sé. Además, ayer encontré una vieja televisión a blanco y negro en el closet. La encendí antes de sentarme a escribir, para tenerla como sonido de fondo. La televisión siempre ha sido una forma de escape para mí y además, me recuerda que afuera de estos muros un mundo sigue andando, crea lo que crea.


Me alegra saber que Alejandra fue la única que me ha buscado después de la crisis de anoche. Ha sido mi mejor amiga durante años. Ella no lo sabe, pero cuento al día en que la conocí como uno de los mejores que he tenido en toda mi vida. Fue un tibio día de verano. Ahora siento como si el recuerdo estuviera arrancado de un mundo distinto del que me encuentro. En mi memoria los colores parecen los de una postal. Sentí que pasaron días enteros en ese parque para el que ya estábamos demasiado grandes. Hablamos solamente. Puedo volver a ese momento y recordar que esto no es lo único de lo que tengo noticia.


Llaman a la puerta.


___


Pensé que era extraño no poder verla por la cámara que había escondido en la máquina de refrescos. El problema de la perspectiva, no poder ver ni una parte de mi puerta, sólo las escaleras al fondo. Debí saberlo. Después de que tocaran, grité que tenía una webcam en una de las máquinas de refresco, porque había llevado mi paranoia demasiado lejos; intentaba bromear. Vi su imagen acercarse y bajar la vista hasta dar con la cámara.


Sonrió y saludó con una de las manos.


Vi que sus labios decían lo que siempre me ha dicho para saludarme: qué onda tú. .


Lo sé, es raro, perdón, Grité para que me escuchara.


Tengo una mala racha, agregué.


Sus labios se movieron delante de la cámara, de nuevo: ábreme Luis.


Sígueme un poco la corriente ¿sí?, dime algo sobre nosotros, algo que nadie más pueda saber.


Miró a la cámara extrañada, se tocó la barbilla y comenzó a contar con un pie sobre el suelo. Miró hacia arriba. Sacó un papel y un lápiz. Escribió en ellos. Enseñó el papel para que pudiera verlo en la cámara. El papel decía:


Ya estábamos muy grandes para estar en un parque.


Suspiré profundamente, la realidad volvía, el miedo se disipaba. Dios, había sido tan ridículo. Por supuesto que era Alejandra. Nunca he hablado con nadie de ese día, nunca he escrito de ese día más que aquí. Es una de esas cosas que se atesoran por la nostalgia que provocan, por el deseo enorme de verlos repetirse algún día; siempre he pensado que es eso lo que los termina convirtiendo en algo muy parecido a los sueños. Ninguna entidad, ninguna cosa extraña hubiera podido tener acceso a esa información. Tenía que ser ella.


Aguanté las ganas de llorar y prometí, gritando, que lo explicaría todo en un segundo.


Se moriría de la risa cuando supiera por lo que había pasado, lo que había estado pensando.


Intenté peinarme delante del espejo. Estaba hecho **, pero ella entendería. Di un vistazo al desastre al que había reducido todas las cosas de mi casa. Apreté los dientes y caminé hacia la puerta. Puse mi mano sobre la perilla y di un último vistazo a mis espaldas. Mis ojos pasaron por la comida mordisqueada regada por el suelo, el bote de basura rebasado y la cama que había volcado hacía unas horas, buscando… dios sabrá qué estaba buscando.


Casi le di vuelta a la perilla.


Casi abrí la puerta.


Pero mis ojos notaron una cosa más: la webcam que usé para chatear con mi amigo.


La esfera negra estaba sobre un costado, el lente apuntaba a la mesa en donde este diario se encontraba. Un terror enorme se apoderó de mí en cuanto pensé que si algo podía ver por esa cámara, podría ver lo que había escrito acerca de ese día. Le había pedido una cosa, cualquier cosa acerca de nosotros que ellos no pudieran saber… pero pudieron estar mirándome durante todo este tiempo.


No abrí la puerta. Grité. Grité sin parar. Arranqué la webcam de su lugar y brinqué encima de ella hasta hacerla añicos. La puerta tembló. La perilla giró. No escuché la voz de Alejandra del otro lado. ¿La puerta tenía seguro? ¿La puerta podía abrirse? ¿Alejandra podía entrar?, ¿era Alejandra quién estaba afuera? ¿Quién estaba afuera?, ¿qué estaba afuera? La vi por la computadora, pero no escuché su voz, no habló del otro lado de la puerta.


¿Era real?


¿Cómo podría saberlo?


Ya se ha ido.


He gritado por ayuda.


He asegurado la puerta con todos mis muebles.


Viernes/ Al menos creo que es viernes. He roto todas las cosas electrónicas. Desbaraté mi computadora. Cualquier cosa ahí podía, a fin de cuentas, ser manipulada por medio de la red. No puedo arriesgarme. Cada pequeño dato al respecto de mí, mi nombre, mi mail, mi locación, todas fueron cosas que he dicho. He releído lo que he escrito una y otra vez. He intentado juzgar lo que he escrito. He estado bailando entre el miedo y el escepticismo. Estoy seguro de que una entidad se encuentra concentrada en el simple objetivo de hacerme salir de aquí. Desde el principio, Alejandra no hizo nada más que pedirme que abriera la puerta y saliera, cuando me llamó. Puedo leerlo, puedo leerlo claramente ahora.


Trato de ver las cosas desde todas las aristas, todos los ángulos. Intento encontrar la verdad, yo solo. Desde un ángulo, soy un lunático que ha interpretado una convergencia de probabilidades extremadamente improbable, pero factible: nunca asomarme en el momento adecuado, nunca ver a otra persona por mero azar, recibir un email extraño como los miles que es posible recibir, pero en el momento preciso. Desde otro ángulo, esa convergencia extrema de probabilidades es la única razón por la cual, lo que sea que esté afuera, no me ha atrapado aún:


Nunca abrí la puerta corrediza del tercer piso


Tal vez, nunca debí de abrir la puerta metálica al final de la escalera.


No volví a abrir la puerta de mi departamento después de abrir la puerta metálica.


Lo que sea que esté allá afuera -si es que está allá afuera- nunca “apareció” en el pasillo antes de que abriera la puerta metálica.


Tal vez se había dedicado a cazar a todas las presas que se encontraban a descubierto y había esperado a que las presas escondidas en sótanos, en algún momento, como lo hice yo, se delataran a sí mismos, con una llamada, un mensaje, lo que fuera. Sólo pude hablar con Alejandra hasta que les entregué mi nombre.


Cada vez que intento embonar todas las piezas el miedo me abruma. Ese email -corto, cortado- era de alguien intentando decir algo. Una advertencia aliada, intentando llegar a mí antes de que fuera muy tarde. Usar mis propios ojos, no confiar. Puede que tengan dominadas todas las cosas electrónicas, que hayan elaborado una enorme red, para engañarme y hacerme salir.


Es decir, ¿por qué no puede entrar?


Tocó la puerta, así que al menos parcialmente, es sólido.


La puerta. La idea de esas puertas como monolitos guardianes en el tercer piso aparece cada vez que mis pensamientos siguen este rumbo. Si hay alguna entidad etérea intentando que salga a la intemperie, quizá esa entidad es incapaz de cruzar por una puerta.


Intento pensar en todos los libros que he leído, en todas las películas que he visto. Intento encontrar la verdad, yo solo. Las puertas siempre han sido gatillos de la imaginación humana. ¿O quizá la puerta es muy gruesa? Yo no podría derribar ninguna de las puertas de este edificio, sobre todo las del sótano.


La verdadera pregunta es, ¿por qué me quiere? Incluso yo puedo imaginar al menos una docena de formas de matarme, incluyendo dejar que me pudra aquí abajo y muera de hambre.


Quizás eso es precisamente lo que está haciendo.


Está llenándome de miedo.


Pero, ¿y si no quiere matarme?


¿Si puede hacer algo peor?


Dios, ¿cómo salgo de esta pesadilla?


Llaman a la puerta…


___


Le dije a la gente del otro lado de la puerta que necesitaba unos minutos más para pensar las cosas, que saldría. Sólo estoy escribiendo esto para decidir qué hacer. Al menos esta vez he escuchado sus voces. Reconozco que estoy paranoico. No dejo de pensar en todas las formas en las que una voz humana podría fingirse con algún medio electrónico. El pasillo podría estar lleno de altavoces. ¿Realmente les tomó tres días venir a hablar conmigo?


Se supone que Alejandra está ahí afuera, junto con dos policías y un psiquiatra. Tal vez les ha tomado tres días pensar en qué decirme.


El rollo del psiquiatra sería muy convincente, si decidiera pensar que todo esto no ha sido nada más que un extraño mal entendido y dejar fuera de la ocasión a la entidad que trata de sacarme de aquí. El psiquiatra tiene la voz de un viejo. Autoritaria, pero sensible. Me agrada, me recuerda a la de mi propio padre. Estoy tan desesperado por ver a alguien con mis propios ojos. Dice que sufro de cyberpsicósis. Soy uno más de una enorme epidemia que se cuenta por miles, detonado por un email sugestivo que se esparció en algún lugar. Juro que lo dijo así: en algún lugar. Creo que intenta decir que se esparció por todo el país.


Sospecho que a la entidad se le ha resbalado algo: dijo, sin decirlo, que soy parte de una ola de “comportamiento emergente”; es decir, que muchas personas más tienen el mismo problema que yo, el mismo miedo, aunque nunca lograran comunicarse del todo.


Eso explica el email que recibí sobre usar mis propios ojos. No recibí el email detonante original. Recibí un descendiente. Mi amigo pudo haberse vuelto loco también he intentado advertir a todo el mundo sobre sus propios e irracionales miedos. Así es como el problema se esparce, afirma el psiquiatra. Pude haberlo esparcido también, con el mensaje que envié por el celular y los que mandé por el messenger. Alguno de todos esos contactos podría estar volviéndose tan loco como yo, después de haber leído uno de esos mensajes y ahora estar interpretando la realidad en la forma en la que lo estoy haciendo yo.


El psiquiatra me dijo que no quería perder uno más. Que la inteligencia de gente como yo, es precisamente nuestra perdición. Dibujamos conexiones tan bien, que incluso las dibujamos en donde no deberían estar. Es fácil comenzar a acumular paranoia en el mundo en el que ahora vivimos, un lugar en constante cambio, en donde cada vez mayor parte de nuestra interacción es absolutamente simulada.


Hay que admitirlo, es una explicación hermosa. Reúne y explica todo perfectamente. Tengo todas las razones del mundo ahora para sacudirme este horror atávico de que una cosa consciente se encuentre del otro lado de la puerta, lista para capturarme y llevarme a un destino peor que la muerte. Sería tonto permanecer aquí hasta morir de hambre, sólo para espinar a esa entidad que quizá ya haya atrapado a todos los demás, después de esa explicación. Sería tonto pensar que, después de esa explicación, yo sería uno de los pocos sobrevivientes de mi raza, dejado a su suerte en un mundo vacío, escondido debajo de una piedra, jodiendo a una impensable y engañosa entidad que juega a ser omnipotente con tan sólo rehusarme a abrir una puerta. Es una explicación perfecta para cada cosa extraña que he escrito aquí; tengo todas las razones del mundo para abrir esa puerta.


Razón por la cual, no lo haré.


No puedo estar seguro de qué es un engaño qué es real. Todas estas malditas cosas con sus cables y sus señales que nacen de un origen imperceptible y llegan hasta ti. No son reales. No puedo estar seguro:


Señal de video.


Señal de celular.


Emails.


Incluso la televisión, ahora silenciosa, partida por la mitad, en el suelo.


¿Cómo podría saber qué es real? Todo mensaje no es más que energía, ondas, luz… la puerta. Están golpeando la puerta. Intenta entrar. ¿Qué alimaña mecánica podría estar empleando para simular a un hombre golpeando una puerta tan perfectamente? Al menos ahora podré usar mis propios ojos, verlo con mis propios ojos. No queda nada aquí con lo que pueda engañarme. No puede engañar a mis ojos.


¿Verdad?


Lo dijo el mensaje. Usa tus propios ojos no confíes en ellos


Aunque eso podría significar que no confíe en mis ojos.


¿Cuál es la diferencia entre mis ojos y una cámara?


Ambos transforman la luz en señales eléctricas, son lo mismo.


No puedo permitir que me engañe, dios, no puedo permitir que me engañe, no voy a permitirlo; no puedo estar seguro, no puedo NO PUEDO


No lo sé/ He pedido tranquilamente una pluma y un papel. Día y noche, tranquilamente, ya no hay prisa. Finalmente me los diste. Supongo que ahora estas seguro de que no importa. A mí tampoco me importa. Me importaban las condiciones, los motivos por los cuales decidirías darme lo que te pedía. Eso me interesaba. Por morbo, nada más, por orgullo, si quieres. Ahora sé que no te quedan más trucos qué aprender para engañar a mi especie y por tanto, sé que soy el último, ¿porqué otro motivo accederías?


Supongo que mi silencio te mata de curiosidad, que te mueres por saber lo que ahora pienso y bien, no es que pueda volver a sacarme mis preciados ojos con esta pluma, ¿verdad? Gracias por curarme, las vendas sobre mi cabeza se sienten como parte de mi cuerpo ahora. El dolor se ha ido. Imagino que esta será la última oportunidad para escribir algo legible, supongo que lo sabes, voy a terminar por olvidar los movimientos de mis manos.


Este texto no es nada más que una reliquia de otros tiempos y quizás, un ajuste de cuentas, un último zarpazo al enorme ego que me has hecho suponer que tienes: No lo lograste, léelo bien.


Me traes comida y agua, tienes piedad de mí.


Te enmascaras como una amable enfermera o un indiferente doctor de guardia.


Sabes que mi oído se ha agudizado y es por eso que finges conversaciones en el pasillo.


Una enfermera habla del bebé que pronto tendrá.


Uno de los doctores perdió a su esposa en un accidente de tráfico.


Blah, blah, blah.


Sigue con la farsa todo lo que quieras.


No me importa. Nada es real.


Pero déjame decirte que casi logras algo con ella.


Un poco más y no habría podido manejarlo. La recreación era perfecta. Sonabas como ella. Te sentías como ella. Incluso te las arreglaste para producir un facsimilar razonable de sus lágrimas y me obligaste a sentirlas sobre sus tibias mejillas. Me dijiste todas las cosas que quería escuchar. Me dijiste que me amabas, que siempre me habías amado, que no comprendías por qué hacía esto, que aún podíamos tener una vida juntos, ir al parque, todos los días, si quería.


Tan sólo tenía que dejar de insistir sobre la farsa. Querías que creyera. No, lo sé, sé que necesitas que crea, que eras real, que eras ella, Alejandra. Jamás sabrás qué tan cerca estuve de responder a este acto tuyo, me pongo de pie. Casi lo logras. Dudé de mi mismo por mucho tiempo. Pero eres un perfeccionista, todo era demasiado real o lo que entiendes por real y ¿sabes?, la realidad tiene otras cosas que aún no alcanzas a captar, quizá porque ni siquiera nosotros mismos logramos hacerlo del todo, ni representarlo.


Venías todos los días, luego cada semana, hasta que por fin dejaste de joderme con ella…


Sé que no te has rendido. Estás buscando otra forma de entrar. Estás jugando conmigo, pero resistiré, si existe una forma de hacerlo, resistiré. No sé qué fue lo que le ocurrió al resto del mundo, pero sé que necesitas de mi cooperación, que no es tan sencillo. Si es así, entonces tal vez, tengas que prepararte a tener una excepción en tu historial.


Lee esto también: Creo que Alejandra sigue viva en alguna parte, gracias a mi voluntad de resistir, me repito todos los días y eso me es suficiente. Me sostengo de esa imagen, mientras me balanceo, atrás y adelante, para dejar pasar el tiempo. Tu turno.





lunes, 17 de agosto de 2026

7 Historias reales de terror que no te dejarán dormir

 


Y seguimos con los creepypastas:




1. La señora de los besitos.


“Cuando tenía 4 ó 5 años en un baño de mi casa veía a una señora, “la señora de los besitos”, y le platicaba a mis papás de ella. Mi mamá pensaba que era una historia que me contaba mi papá y viceversa, hasta que se les ocurrió preguntar uno al otro qué onda con ese cuento, sólo para orinarse de miedo al enterarse que no era invento de ninguno de ellos. Por cierto, cuando llegaron a esa casa mi mamá se sacó de onda porque atrás de TODAS las puertas de la casa había una postal católica o un crucifijo. La “señora de los besitos” tenía el cabello largo y oscuro y usaba un vestido largo, afortunadamente no me acuerdo de ella pero ese baño siempre me dio pánico y la casa en general era rarísima, siempre pasaban cosas muy extrañas.”

Otro usuario le preguntó a Sebastián “¿por qué la llamaban “la señora de los besitos”? A lo que él contesto: “Mi mamá dice que cuando me preguntó le dije, como si fuera obvio, “pues porque da besitos…”



2. Mi hermano quiere jugar.



“Cuando tenía unos 8 años, me gustaba mucho jugar con Mega Bloks; armaba grandes torres, para luego derrumbarlas. Una de esas veces, ya habiendo tirado otra de mis torres, me aburrí de estar en mi cuarto y fui a pedirle permiso a mi mamá para salir a jugar. Ella me dijo que me dejaría una vez que recogiera los bloques que había dejado en el piso, entonces yo me giré para regresar a mi cuarto, pero me detuve porque mi hermano, de 5 años estaba en mi cuarto, recogiendo los juguetes por mí. Había encendido la luz, estaba callado y se veía muy concentrado en lo que hacía. Volteé con mi mamá otra vez, y le dije, “Ah, mi hermano ya lo esta haciendo por mí,” a lo que ella se asomó, observó mi puerta muy desconcertada por un par de segundos, y dijo: “Ahí no hay nadie. Tu hermano está afuera, jugando.” Volví a mi cuarto y vi que, en efecto, no había nadie; ahora la luz estaba apagada, y los juguetes seguían en el suelo. Sí se me hizo extraño, pero decidí ignorarlo, recoger y simplemente salir…”



3. El muerto vino de visita.


“La parálisis del sueño es algo que me sucede desde los 14,por lo general solo era la sensación de no poderme mover y estar consciente al respecto.

Una de tantas veces pude escuchar como alguien entró a mi cuarto y comenzó a abrazarme hasta lastimarme la espalda. Me asusté mucho porque eso no era “normal” dentro de lo que ya me había pasado antes. Empecé a tratar de soltarme pero mientras lo intentaba sentía como, lo que sea que estaba ahí, se enojaba y me gruñía. Cuando al fin pude moverme, sentí un escalofrío en todo mi cuerpo y me dolía muchísimo la espalda. Aún tengo parálisis del sueño y no he tenido una experiencia igual a esa, sigo tratando de entender qué sucedió esa ocasión…”



4. El perro juguetón.


“La noche del sábado pasado desperté en la madrugada porque mi perrito se había subido a mi cama y me estaba lamiendo la cara, me lamía y hacía sonidos de lamentos, de tristeza como cuando pide comida o algo así . Le dije: “¿qué quieres, mi chiquito?” Pero al encender la lámpara de noche, me di cuenta que mi perrito no estaba en mi cuarto. Mi perrito dormía muy placenteramente en su camita, en la cocina…”


5. El niño y el tren.

“Hace unas semanas, unas amigas, nuestros hijos y yo, estuvimos a punto de tener un accidente de auto en las vías del tren que pasa cerca de mi casa. Pasado el susto unas semanas después, caminaba por la calle principal de mi colonia mientras enviaba notas de voz por WhatsApp a esas amigas, en ese momento iba pasando el tren. Me dio por escuchar lo que les había enviado y claramente se escucha un niño gritando momentos antes de que pite el tren en dos ocasiones diferentes, y en ambas se escucha justo antes de que lo haga, como advirtiendo. No había ningún niño alrededor de la calle en ese momento…”


6. El bebé que no dejaba de llorar.


“Tuve mi tercer hijo y todo iba bien hasta que cumplió tres semanas de nacido. Empezó a vomitar mucho cada vez que le daba su leche. Paso una semana así y lo lleve al doctor quien le dio una medicina para controlar el problema. Regresamos a casa y me quedé despierta, preocupada y pensando mucho en mi bebé. Eran como las 2 a.m. y me puse lavar y secar ropa. De repente escuché niños llorando pero el bebé estaba en su cunita y en los cuartos de los niños, nada… todos bien dormidos. Regresé a la sala cuando lo escuché otra vez, y le pregunté a mi esposo, quien estaba en el mismo cuarto con el bebé que si había llorado el niño, él contestó que no. Me quedé entre el pasillo de la casa donde están los cuartos de los niños para ver qué estaba pasando. En eso escuché a una mujer llorando en la sala, lo hacía con mucha tristeza y desesperación. Me quedé totalmente fría y paralizada en el pasillo, pero algo dentro de mi me dijo que llevará al niño al hospital. Ya eran casi las 4 a.m. Me lo llevé y le hicieron exámenes pero cuando el doctor llegó con los resultados me dijo que tenían que llevarlo a otro hospital a hacerle un cirugía en la panza. Y que si hubiera esperado más tiempo él hubiera muerto. No sé qué estaba pasando en mi casa pero mi mamá dice que era un ángel avisándome…”


7. El monje chino.

“Cuando vivía en China, una vez me enoje muchísimo con mi ahora ex. Me salí de los departamentos donde viva y me fui a caminar a una montaña cercana que tenia una especie de templo en la parte más alta. Siempre iba a ese lugar a olvidarme de todo, porque nunca había gente y la vista era hermosa. Ese día ya era de noche y no se veía nada, pero no sabia a dónde más ir a llorar, así que con la luz de mi celular recorrí toda la montaña hasta que llegue al templo. Me acurruqué en una banca de madera muy vieja y llore hasta quedarme dormida. Entre sueños escuché los pasos de alguien entrando al templo, y sentí como se sentó a mis pies en la misma banca y puso su mano en mis pies. Apenada me paré de golpe para disculparme por haberme dormido allí, pero al incorporarme no había nadie. Nunca he sentido tanto miedo y tanta paz al mismo tiempo. Después de contarle la historia a mis amigos chinos me dijeron que nadie subía allí por esa misma razón…”






sábado, 8 de agosto de 2026

El Árbol de la Vida evolutivo de todas las especies existentes (¿Puedes ubicar al humano?)

 



La taxonomía es, en términos muy simplificados, la ciencia de clasificar y ordenar los distintos organismos vivientes de acuerdo a como están relacionados según el árbol filogenético. Y si no saben que es un árbol filogenético, es una forma de representar, en forma de árbol, a las relaciones evolutivas entre todas las especies… es básicamente un gran árbol genealógico de todo ser viviente o que vivió alguna vez.

Y aquí tenemos uno muy interesante que pueden consultar, los desafío a encontrar al humano en menos de cinco segundos.



lunes, 20 de julio de 2026

Hora de Creepypastas

 



 

El sótano

Oír pasos cuando uno está en el sótano no es que sea algo poco común, por eso no pensé en nada particular cuando empecé a oír ruidos sordos que provenían del rellano que está justo encima mío. Simplemente pensé que sería mi hermano y seguí con lo que estaba haciendo en ese momento. Tras dos minutos de golpes empecé a cabrearme. Cada vez sonaban más y más fuertes, y no podía dejar de preguntarme qué demonios estaba haciendo mi hermano a estas horas de la noche. Me quedé sentado escuchando sin hacer otra cosa, ya que era imposible concentrarse con ese jaleo, daba la impresión de que alguien estaba corriendo como un loco por el rellano de mi casa.

Los pasos se volvían más rápidos y salvajes, casi juraría que estaba creando una especie de ritmo con ellos. Llegó a un punto en que lo pasos era tan rápidos y tan salvajes que comprendí que lo que sea que hiciese eso, no podía ser humano. Ningún humano puede moverse así.

“¡¿Que cojones haces?!” grité finalmente, y en ese momento, todo ruido cesó completamente, al menos por un momento, hasta que empecé a oír lentos pasos que se dirigían a la puerta que daba al sótano. La puerta se abrió y los pasos cesaron nuevamente. Me pasé tres minutos escuchando sólo mi respiración, entonces suspiré, parecía que todo había acabado. Parece ser que algo estaba también escuchando atentamente porque de repente empecé a escuchar pasos que bajaban por las escaleras del sótano, pegué un salto de la silla y empecé a correr hacia el armario más cercano para esconderme, dándome tiempo a ver a la criatura grotesca, de cuatro patas y sin pelo que se acercaba bailando hacia mi con su ritmo intoxicante. Me lancé al armario y cerré la puerta de un portazo. Tras medio segundo de silencio, empecé a oír el mismo ritmo en la puerta del armario.

El ritmo sigue y sigue sin pausa, sin descanso, sin alivio. Llevo horas aquí y a veces me sorprendo a mí mismo siguiendo la melodía con el golpeteo de mis dedos. Pero de pronto, tan rápido con vino se fue. Espero unos momentos, miro afuera y se ha ido. Enciendo las luces y me dejo caer en la silla, estoy a salvo. Me relajo por momentos y pienso en lo que acaba de ocurrir, pero de pronto descubro que mis pies golpetean el suelo. A lo mejor esta canción no está tan mal, casi me gusta lo suficiente como para bailarla. Pongo en el suelo mis manos y mis pies, y empiezo.

 

10 Leyendas:

1-El túnel

 

El muchacho ya no sabía cuánto tiempo llevaba caminando por el oscuro e infestado túnel, empezaba a perder el juicio. Lo único que lograba mantenerlo cuerdo era que ya podía ver el final del camino y oler los pútridos gases que el pantano libera de noche. La tentación de salir corriendo era abrumadora, prácticamente le dolía contenerse. Un paso en falso y los monstruos necrófilos le escucharían, haciendo que todo su esfuerzo fuese en vano. El muchacho, casi involuntariamente, apresuró su andar, pateando una pequeña roca. Un rugido penetró al silencio e incontables ojos rojos despertaron, violando a las tinieblas.

 

2-El reflejo

 

Allí estaba Fernando, con los pantalones meados tras ver a su propio reflejo salir del espejo perteneciente al recién difunto conserje. El espectro se acercó a Fernando y con una sonrisa en su rostro dijo:

 

— Tienes miedo, es evidente. Como tú, yo soy un cobarde… En verdad odio serlo, pero hay algo que odio aún más. A ti, es por ti que somos tan patéticos. Despreocúpate, pronto no habrá razón para temer.

 

El reflejo de Fernando tomó un clavo y comenzó a despellejar a sí mismo, Fernando aulló de dolor, podía sentir como su piel se desprendía de su carne.

 

3-Un viaje sin retorno

 

No somos muchos, no somos pocos, somos los justos y necesarios. Rubén y Carlos son los expertos en alpinismo, Tania es nuestra experta en primeros auxilios, y yo soy la líder de la expedición y analista de riesgos. Entonces, ¿Por qué estamos en esta situación? ¿Por qué estamos Tania y yo colgando de las cuerdas a punto de arrastrar a Rubén y Carlos al vacío?

 

Carlos me tiende su mano, no logró alcanzarla por centímetros apenas, miró a Tania a mis espaldas, un cuchillo se mueve torpemente en sus manos mientras intenta cortar la soga. Le grito, la tormenta me enmudece.

 

4-Y para cenar, dedos a la plancha

 

Pocos lugares del mundo son tan crueles como las cárceles. Existe una en particular, tan temida, que muchos de los que son sentenciados a una condena larga en ese lugar, prefieren morder sus lenguas para morir desangrados antes de llegar allí. La mayor razón para este temor es el viejo cocinero de la cárcel. Lo terrorífico de este chef, es que cuando un prisionero es sentenciado a muerte, el cocinero se deleita cocinando y sirviendo al ejecutado a los demás reos. Aquel “alimento” es servido durante varios días, si alguien se rehúsa a comer, por lo general enferma y muere.

 

5-777

 

Hay un mito que quiero desmentir desde hace mucho, me refiero a ese que dice que si quiebras un espejo recibirás 7 años de mala suerte. Son patrañas que solo gente descerebrada podría creer. Pero esto no quiere decir que romper un espejo no tenga consecuencias, todo depende de lo que el espejo estuviese reflejando en el momento de quebrarse. Si el espejo no reflejaba nada vivo, no habrá inconvenientes… Pero sí en cambio, una persona es reflejada en el momento en que el espejo es destruido, dicha persona perderá siete años, siete meses y siete días de su vida…

 

6-Werewolf

 

La noche llega a su fin, volver a ser yo mismo duele tanto como transformarme en la bestia, puedo sentir mis huesos rompiéndose y reacomodándose una y otra vez, no creo que llegue el día en el que me acostumbre a esto. Mi visión regresa, puedo ver mis manos. ¿Qué es esto? ¡Sangre! ¿Fui herido? No, esta no es mi sangre. Me levanto, reconozco este lugar, ¡Es mi casa! Corro a mi habitación y encuentro el cadáver destrozado de mi esposa tendido sobre la cama… No… ¿Dónde está la bebe? Giró mi cabeza, el viento mece una cuna vacía… ¡NOOOOO!

 

7-Los zoológicos

 

Las películas y novelas de terror te han mentido sobre los cementerios, definitivamente no son un mal lugar para ir de noche, todo lo contrario, son muy pacíficos. Si un espíritu tiene un asunto pendiente en el mundo terrenal, es muy extraño que decida quedarse en el cementerio. Pero hay un lugar que debes evitar a toda costa de noche, sobre todo si no hay luz: Los zoológicos.

 

Muchos animales encerrados por los humanos guardan rencor hacia sus captores, y en ocasiones, durante la noche, influenciados por los sentimientos de miedo, odio y soledad, los animales pueden tomar formas monstruosas…

 

8-Callejón oscuro

 

Ningún santiaguino supo si la joven pareja de viajeros era norteña o sureña, pero definitivamente santiaguina no era. Ningún alma oriunda de Santiago se pasearía tranquilamente a altas horas de la madrugada por las calles de Puente Alto. Y no es por temor a los criminales, estos abundan en todo Chile, si no por las abundantes bestias de leyendas que acechan en las sombras de cada rincón. La cosa es que tras doblar en una oscura esquina, nadie volvió a saber de la joven pareja.

 

Un ebrio que dormía en un basurero cercano asegura haber escuchado huesos crujir aquella noche.

 

9-Lo que trajo el rayo

 

El que un suceso de la naturaleza pueda ser explicado por la ciencia, no significa que este no pueda estar ligado a algo paranormal o inexplicable.

 

El once de noviembre de 1987, una tormenta eléctrica azotó la ciudad de Antofagasta, Chile, el cielo rugió con ferocidad aquella noche; hubo un momento en que un duradero rayo cayó sobre el pararrayos de un edificio. Al amanecer, un empleado del edificio subió a comprobar si había algún daño, la sangre del empleado se heló al ver el cuerpo empalado de una mujer desnuda. De la boca del cadáver aún emanaba abundante humo.

 

10-Leyenda

 

Existe una antigua leyenda entre la gente que se gana la vida en la carretera, y aunque pocos la toman en serio, hay quienes aseguran que es verdad. La leyenda cuenta que si mueres al volante durante un accidente, se te permitirá la entrada al paraíso. Pero sí en el accidente causas la muerte de un niño o una mujer embarazada, un espíritu encadenado se aparecerá frente ante tu alma, romperá tus piernas y brazos, y le dará a lo que quede de ti forma de rueda, condenandote a vagar dolorosamente por las carreteras hasta el fin de los tiempos.

  

No viajes por el metro de noche 


Hay cosas en la vida, y eso incluye a esta Cd de México, que más vale que nunca averigüemos. La ignorancia nos permite dormir con placidez en la noche, y concentrarnos en nuestros respectivos trabajos. Por ejemplo: ¿Se ha preguntado usted qué les sucede a las personas que se quedan dormidas en el Metro, cuando éste llega a la Terminal de una línea, lo que causa que no escuchen la advertencia que les pide abandonar el vagón y sigan adelante en el mismo, adentrándose en un profundo túnel oscuro que aparentemente no lleva a ninguna parte? La verdad es que esa es una de esas cosas que en realidad no nos conviene averiguar, si es que queremos mantener la ilusión de que vivimos en un universo racional.

 

Sin embargo, no está de más tomar algunas precauciones sencillas, que bien pueden evitarnos experiencias en verdad lamentables. Una de ellas es la de no dormirnos nunca en el Metro; en especial, después de la puesta del sol. Para Arturo Marquina, periodista ya no tan joven, y autor ocasional de relatos de ficción científica, cuentos de horror y novelitas policiacas, ese descuido le produjo un extraño desarreglo que sus amigos califican casi de locura. Se niega Arturo, quien es una persona sensata, racional y de buen humor, a acercarse siquiera a las entradas al Metro. Se niega también a pasar por encima de las ventilas o registros del sistema de Transporte Colectivo de esta capital. En eso puede ponerse hasta agresivo y desagradable. Marquina se niega a hablar de esa extraña fobia que lo aqueja. Siempre logra desviar la conversación cuando se le interroga al respecto. Sólo una vez, en una cantina de Bucareli, después de varias horas de consumo y animada conversación, llegó un momento en que se puso serio e hizo una advertencia a uno de los amigos, que le dijo que usaba a el Metro cotidianamente y en especial a muy altas horas de la noche. “¿Llegas a alguna terminal a esas horas?, preguntó Arturo. Ante la respuesta afirmativa, nuestro amigo abandonó su discreción. “¿Tú has sabido qué les ocurre a las personas que se quedan dormidas en los vagones que siguen avanzando después de la última estación?-“La verdad, no”-repuso su compañero. “Yo sí lo sé”, continuó Arturo: ”Esto que te voy a contar no es un cuento, te pido que me lo creas, por tu bien. Nunca lo repetiré ante ustedes”.

 

Fue hace justo un año. Serían cerca de las once de la noche y salía yo del trabajo después de un día durísimo. Tomé el Metro en la estación Hidalgo, y me dirigí hacia Tacaba. Ahí transbordé hacia Barranca del Muerto. Ya a esa hora, el Metro va casi vacío. Cerca de Tacubaya me quedé dormido. El tren llegó sin duda a la Terminal, sin que yo despertara. No oí la distorsionada voz de advertencia que sale del sistema del sonido, ni el insistente pitido del silbato electrónico que anuncia las paradas. Después, unos segundos después, cuando ya el vagón se dirigía hacia el inquietante túnel que continúa el trayecto, alcancé a ver el letrero y la insignia de mi estación de destino la cual quedaba atrás. Con preocupación y fastidio, pude ver que no iba solo. Unos asientos más adelante iba un tipo viejo y desastrado, en evidente estado de ebriedad que seguía dormido y cabeceaba con cierto ritmo. Pensé que quizá este tren cambiaría de vía y regresaría por el mismo trayecto en unos momentos más. Pero no fue así.

 

“El vagón siguió adelante, se desvió hacia la derecha y después de avanzar varias decenas de metros, hizo alto en un lugar totalmente oscuro. El motor se detuvo y lo mismo la ventilación. El silencio más absoluto cayó sobre nosotros. Fue entonces cuando las luces se apagaron. Ahí, empecé a sentir algo de miedo. Había un poco de claridad, proveniente de la parte posterior del túnel. Por fortuna, traía mi linterna de bolsillo y además ésta tenía pilas. Me paré y me dirigí a mi aún dormido compañero de tribulación. Me acerqué a él y lo sacudí por el hombro. Me preguntó qué pasaba y rápidamente le expliqué nuestra situación. Respondió con una imprecación y puso su rostro contra la ventana para tratar de ver dónde nos hallábamos. Me di cuenta de que este vagón se quedaría ahí toda la noche, por lo que me dispuse a tratar de forzar una de las puertas. Era inútil, me convencí de que sólo saltando a través de una de las ventanas podríamos salir del carro. Fue entonces cuando oí un ruido en el techo. Algo cayó encima del vagón y recorría el techo. De pronto, se escuchó otro ruido en el extremo opuesto del carro. Dirigí el haz de mi linterna y pude ver una sombra que caía al suelo después de haber entrado por la ventana. “¡Vaya, al fin!… ¡Oiga, necesitamos que nos ayude a salir!” No hubo respuesta. El borracho fue más directo. Avanzó hacia el intruso y lo tomó por las ropas. “¡Sáquenos de aquí! ¡Esto es un atropello, malditos burócratas!”. El extraño no respondió, sólo levantó una mano.

 

“A la luz de mi linterna pude ver que era blanca como la harina, delgada y fibrosa, y con unas larguísimas uñas que semejaban garras. Como un rayo, esa mano rasgó la garganta del pobre vagabundo. Fue entonces cuando vi el rostro del ser que tenía enfrente. Pálido, calvo, con enormes ojos amarillos, orejas largas, una nariz grotescamente respingada con dos protuberancias carnosas en la punta. Vi como abrió la boca llena de dispares y puntiagudos dientes, que pronto recibió el borbotón de sangre que salía del desafortunado pasajero. Fue en esos momentos cuando recibieron mis narices la patada del nauseabundo olor que despedía esa criatura. El espectáculo y el olor me hicieron de inmediato vomitar. En medio de las arcadas, escuché otro ruido metálico detrás de mí. ¡Alguien más entraba al vagón por otra ventana! No esperé un segundo más. Me lancé hacia el primer intruso, que aún se cebaba en su víctima, y derribándolos a ambos llegué a la ventana por donde había penetrado el primer monstruo. Escuché un forcejeo detrás de mí, con el que sin duda el invisible perseguidor se abría paso también entre la pareja víctima-victimario que se interponía entre nosotros. Salté fuera del vagón y logré caer en el suelo sin dislocarme siquiera un tobillo. Emprendí la huida, como un poseso, hacia el extremo iluminado del túnel. Detrás de mí se dejaba oír un jadeo que acompañaba rítmicamente a un penetrante chillido.

 

“La luz aumentaba poco a poco. Sentía que mi perseguidor rápidamente iba descontando ventaja. Decidí voltear la cabeza… y quizá eso sea lo que más me ha desgraciado la vida de toda esa experiencia. Vi a un ser similar al que había despedazado al pobre ebrio en el vagón, nada más que éste mostraba una regocijada sonrisa idiota. En la penumbra del túnel veía su tez, amarillo limón, y su larga frente con que se relamía con anticipación. Por fortuna, de frente llegaba otro tren de vagones del Metro. Salté a su paso y alcancé la parte central del túnel. Mi perseguidor no quiso hacer lo propio. Recorrí los últimos metros que me separaban ya de la iluminada estación. Al llegar a ella, subí al andén. Justo a tiempo. Unos metros atrás la criatura, que se había desplazado por el techo del túnel, asida de sus largas garras, tanto de manos como de pies, cayó detrás de mí y alcanzó a lanzarme un zarpazo a la pantorrilla”.

 

Arturo nos mostró una cicatriz, que aún dejaba ver las huellas de una prolongada infección que apenas había sido dominada.

 

“Ya en el andén, emprendí la carrera hacia la calle. No me detuve hasta llegar a mi departamento, donde atranqué la puerta y me refugié en un garrafón de mezcal.

 

“Me expliqué por qué en los talleres del Metro se trapea y se friega con tanto esmero el piso de los vagones todas las mañanas. ¡No se duerman en el Metro! Si lo hacen, corren el peligro de, por lo menos, no volver a dormir nunca más con tranquilidad”…

 

Cuento de Mario Méndez Acosta

 

Las escaleras


Fin de semana, un día en el cual alguien como yo, un niño de 13 años, no tenía mucho que hacer más que jugar en casa solo.

 

Mi mama siempre me echaba un ojo cada cierto tiempo, ya que el tiempo no me había apoyado mucho, después de todo, creo que llegué a romper todas las ventanas de mi casa, por eso me prohibieron terminantemente jugar futbol dentro.

 

Llegué a estar tan aburrido que empecé a bajar y a subir las escaleras de mi casa.

 

Subir, bajar, subir, bajar, eso era todo lo que estuve haciendo. Mi madre pasaba por ahí y me gritaba ”¡Jorge deja de hacer laberinto!” mientras que mi hermano pasaba por ahí y lo que yo hiciera le daba igual.

 

Empecé a contar escalón por escalón para matar el aburrimiento.

 

Conte 14 escalones, una y otra vez. Mi hermano paso una vez más por el pasillo y murmuro algo que traduje como ”retrasado”, le devolví el cumplido, aunque claro creo que no fue lo suficientemente fuerte como para que le prestara atención.

 

Conte 16 escalones.

 

Creí que me había equivocado, había contado alrededor de 8 veces 14 escalones, decidí volver a contar.

 

Eran 14 escalones, si, definitivamente me había equivocado.

 

Llegué a aburrirme de las escaleras y me puse a ver TV. Al día siguiente, empecé una vez más a hacer mis travesuras y a correr por toda la casa. Me metí debajo de las mesas, en el cuarto de mi hermano y empecé a saltar en la cama de mis padres. Como que ya estaba demasiado grandecito para eso, pero era muy hiperactivo. Baje rápidamente las escaleras contando los escalones una vez mas.

 

18 escalones. Definitivamente algo iba mal.

 

Volví a contar los escalones y esta vez eran 15. Le conté rápidamente a mi hermano lo que estaba pasando. Mi hermano para variar no me presto atención a la primera vez que le dije, pero fue tanta mi insistencia que tuvo que acompañarme y contar por si mismo los escalones.

 

18 escalones. Mi hermano conto 18 escalones en mi cara.

 

Llegué a frustrarme tanto… y decidí probar algo nuevo. Me tapé los ojos y empecé a bajar las escaleras contándolas. 1,2,3,4, y así seguía. Llegué a contar 18 escalones, pero aún no llegaba al final de las escaleras, 20,21,22,23, la cuenta seguía, y no parecía haber final, era extraño, las escaleras no eran tan largas.

 

40,41,42, ¿a donde iban estas escaleras?

 

Llegué a estar más de una hora bajando las dichosas escaleras, los escalones ya iban en la cuenta de 120 y aún no había fin, quería abrir los ojos, la curiosidad me mataba, pero quería ver hasta donde llegaba.

 

Fue que poco a poco el silencio se fue extinguiendo y reemplazando por unos extraños silbidos. Poco a poco se empezaron a escuchar extraños ruidos, como si se estuviera arrastrando algo. Los ruidos empezaron a hacerse más claros, hasta que llegue al último escalón. El escalón número 305 era el último.

 

Me quedé parado al fin de la escalera, sintiendo ese estremecimiento en mi cuello, esos extraños ruidos se detuvieron apenas yo toqué el final de la escalera. Quería abrir los ojos, pero tal vez lo que vería no me gustaría para nada. El calor era de lo más parecido a una fábrica, o a una noche de verano, me sofocaba terriblemente. Comencé a tantear con mi pie para seguir caminando, sin abrir los ojos, hasta que me topé con algo.

 

Eran otras escaleras al frente mío, solo que estas iban para arriba. El calor y los extraños ruidos me ponían en tensión, así que decidí subir para alejarme de ese lugar.

 

Empecé a subir las escaleras y pude escuchar como los extraños sonidos retomaron su normal secuencia. Subí y subí, contando los escalones, pero al llegar al escalón 80 no me pude contener. ¿Que era ese lugar? ¿A dónde me dirigían estas escaleras? en un momento de miedo y desesperación no me aguante más y abrí los ojos.

 

Me encontraba en las mismas escaleras de mi casa, aproximadamente a la mitad de ellas, subiéndolas.

 

Corrí a la cocina rápidamente para abrazar a mi mama y decirle lo mucho que la amaba.

 

Mi madre me miro extrañada, y después me devolvió el abrazo con un beso en la mejilla.

 

Le conté lo que me había pasado, todo lo que había recorrido por esas escaleras, pero ella solo rio, y dijo mientras seguía limpiando ”estos niños, tiene una gran imaginación”.

 

Tal vez, tal vez solo fue mi mente jugándome trucos, pero cuando fui a mi habitación para descansar y me saque mis zapatillas, note que las suelas de estas estaban totalmente quemadas.


jueves, 2 de julio de 2026

Las cosas mas espeluznantes dichas por niños pequeños

 



Sacado de un hilo de Reddit:

Se les hizo a los padres de Reddit la siguiente pregunta: “¿Que ha sido lo más escalofriante que te ha dicho tu hijo pequeño? Estas respuestas fueron descabelladas:


1.

Pregunté bromeando: "¿Cuál es la mejor forma de conseguir una novia?" Respuesta de un niño de 7 años: "Decirle que sea mi novia o no volverá a ver a sus padres."

2.

Estaba arropando a mi hijo de dos años. Me dijo "Adiós papá." Le dije "No, nosotros decimos buenas noches" Me dijo "Lo sé. Pero esta vez es adiós." Tuve que supervisarlo varias veces para estar seguro que estuviera ahí.

3.

Mi hija de 3 años se paró al lado de su hermano recién nacido y lo vio por un rato, me vio y me dijo, "Papi es un monstruo… deberíamos enterrarlo."

4.

Estaba dormida, y como a las 6am me desperté con la cara de mi hija de 4 años a pulgadas de la mía. Me vio a los ojos y murmuró "Quiero pelarte toda la piel".

5.

Mi sobrina estaba sentada en el sofá haciendo una cara rara. Su mamá le preguntó en qué estaba pensando, y ella le dijo, "Estoy imaginando olas de sangre cayendo sobre mi".

6.

Niño de 5 años: "Mamá, cuando mueras quiero meterte en un frasco de vidrio para poder guardarte y verte para siempre". Un niño de 6 años responde: "Eso es tonto ¿donde encontraríamos un frasco así de grande?"

7.

Antes de nacer aquí, tuve una hermana, ¿verdad? Ella y mi mamá están viejas ahora. Estaban bien cuando el carro estaba prendido en fuego, ¡Pero yo no!

8.

Mi hija tiene cuatro y últimamente le gustan los chistes toc-toc sin sentido. (Por ejemplo: ¿porqué la mamá cruzó la calle? ¡Porque sus brazos son fideos!) Un día dijo este: ¿Porqué el trasero cruzó la calle? ¡Porque tiene un enchufe en él!

9.

Mi pequeña pasó por una etapa en la que solo le decía "hola" a las cosas. "hola, hola, hola, hola, hola, hola". Un día, parecía que estuviera diciendo "Muere, muere, muere, muere, muere, muere" Así que le pregunté ¿qué estas diciendo? Se volteó y me dijo "muereeee"

10.

Sacando a mi hija de dos años y medio del baño una noche, mi esposa y yo estábamos diciéndole lo importante que era mantener sus partes privadas limpias. Ella respondió "Oh, nadie me hace nada ahí abajo. Ellos trataron una noche. Patearon la puerta y yo me resistí. Morí y ahora estoy aquí." Dijo como si no fuera nada.

11.

Mi hijo de 3 años tiene una actitud feliz, así que esto es algo raro. A veces cuando está acurrucado con su mami, dice, muy seriamente "Mamá, te prometo que jamás masticaré tus huesos. Lo prometo."

12.

El hijo de un amigo mío le dijo "Papi, te amo tanto que te quiero cortar la cabeza y llevarla conmigo así puedo ver tu cara cuando quiera."

13.

"¿Así que no lo debería tirar al fuego?" Niña de 3 años cargando a su hermano recién nacido por primera vez.


De otro hilo de Reditt:


Los niños a veces pueden ser muy curiosos e inocentes y preguntar cosas que nos pueden parecer muy extrañas pero graciosas. Sin embargo, también nos pueden decir perturbadoras frases que ponen los pelos de punta a cualquiera. No sabemos si es fruto de su imaginación o de algo que han presenciado con sus propios ojos, pero seguro que te helarán la sangre.

A continuación dejamos una lista de varios testimonios de personas con 19 aterradoras y extrañas frases dichas por niños. ¿Te atreves a descubrirlas? ¡No te lo pierdas!


1.Trabajo en un campamento de verano y un día estaba jugando con un chico que se tiraba encima de mí desde varios sitios. Le dije: “Ten cuidado. Si me matas no podré jugar más contigo.” Me miró directamente a los ojos y dijo: “No, pero yo sí podré jugar contigo”.

2. Me desperté y encontré a mi hijo de 3 años a mi lado. Le pregunté por qué estaba en mi cama, y dijo que había venido para protegerme de “los ojos de luz” que estaban encima de mí mientras dormía.

3.Estaba haciendo de canguro de una hija de un amigo de la familia y solo estábamos nosotras dos en casa. Miró alrededor y me susurró: “No estamos solas en esta casa”.

4. Mi madre estaba cuidando de mi hija mientras estaba de visita en el médico y le dijo:“Oh, no, abuela. Mamá no va a volver hoy. Ha tenido un accidente muy grave.No puede venir a buscarnos”. Realmente había tenido un accidente y todavía no lo sabía nadie de mi familia…

5. Estaba haciendo de canguro y no sabía cómo apagar la televisión, por lo que solo se veía la estática. Mi prima de 4 años se quedó mirando y dijo: “Veo un monstruo”.

6. Mi hija, Hailey, nació exactamente dos meses después de que muriera su bisabuela. Un día, Hailey se despertó y nos informó de que era su 95 cumpleaños. Cuando intenté razonar con ella empezó a llorar, diciendo que su nombre real era Irene (el nombre de mi abuela), no Hailey. Esto duró todo el día, y al día siguiente no recordaba nada.

7. De camino al parque temático, mi primo pequeño me dijo una vez: “Hoy vas a morir”.

8. Mi prima pequeña dijo que su amigo imaginario “Chucky” le dijo que matara a su padre. Resulta que tenían una piscina en el patio trasero que estaba cubierta después de que el último propietario se suicidara. Su nombre era Chuy, pero mi prima pequeña no podía pronunciarlo, así que lo llamaba Chucky.

9. Estábamos en un barco de vacaciones y mi primo de cuatro años se acercó a mí y me susurró al oído: “Quiero ser médico para poder ver a niños morir”.

10. En mitad de la noche, mi hermana pequeña se giró hacia mí y me dijo: “¿No oyes cómo hablan?”. Pero había un silencio absoluto…

11. Mi hijo me habló acerca de una “mujer muerta de piel azul, sin pelo y con ojos negros” que supuestamente vivía en nuestro viejo apartamento. Dijo que veía cómo nos seguía al salir e intentaba meterse en nuestro coche, pero no había sitio para ella por lo que se quedaba fuera y miraba cómo nos íbamos mientras nos decía adiós con la mano.

12. Estaba haciendo de canguro de un niño de 2 años. Estábamos jugando con bloques y se reía cuando de repente se giró hacia mí y me dijo: “Voy a dispararte en la cabeza”. Esa noche jugamos al escondite y estaba aterrorizada de que me encontrara.

13. Mi hijo de 3 años y yo estábamos paseando en un centro comercial lleno de gente. A él le gusta decir “hola” a todo el mundo y empezó a decir “hola”, “hola”, “hola” a la gente que pasaba por su lado. De repente, apuntó inesperadamente a un hombre y le dijo: “Vas a morir” y luego continuó saludando…

14. Hago de niñera de un niño que todavía no sabe hablar. Mientras caminábamos hacia el cementerio local, ago normal en nuestro vecindario, apuntó a la zona que estaba sobre las tumbas y dijo: “¡Hay gente! ¡Mira, hay gente!” una y otra vez…

15. Cuando era muy pequeña señalé a un árbol fuera de casa y le dije a mi familia: “Ese árbol va a morir”. Nadie le dio importancia, pero a la mañana siguiente el árbol cayó de forma inesperada y aplastó el coche de mi abuelo.

16. Mi hijo de 3 años estaba cantando dulcemente una canción mientras coloreaba pero yo no la había escuchado nunca. Le pregunté dónde la había aprendido, y me dijo: “La mujer que hay en mi habitación me la cantó”

17. Mi hermana me describió a su amigo imaginario: “Se sienta en mi cama y espera a su madre. No puede ir solo a casa por culpa de su brazo”. Le pregunté qué le pasaba en el brazo y me dijo: “Su madre le pasó por encima cuando estaba dibujando con tiza. Por eso siempre está llorando, porque no le gusta estar muerto”.

18. Cuando tenía unos 4 años, mi madre me encontró en el lavabo con todas mis Barbies haciendo que flotaran boca abajo en la bañera. Cuando me preguntó qué hacía, le contesté: “El hombre del amario me dijo que si no lo hacía, sería yo la que tendría que nadar boca abajo”.

19. Trabajo con niños en el espectro del autismo. Uno de ellos dijo: “Ellos pueden vernos, pero nosotros no podemos verlos a ellos”.




jueves, 18 de junio de 2026