miércoles, 18 de agosto de 2021

Los Alumbrados (cuento de la Cofradía del Cazador)

 Un cuento de mi autoría, también inspirado en el universo de La Cofradía del Cazador, del cual ya les hable en una entrada anterior:


Que la historia de los alumbrados sirva como advertencia, ya sea de los peligros de los visionarios y los nuevos mesías, de la envidia que puede corroer incluso a aquellos llamados a la santidad, un aviso contra aquellos que se presentan como mensajeros de los dioses, una advertencia contra el uso ilegitimo o apresurado de la tortura, y de aquellos cuya responsabilidad es aplicar la ley pero que solo buscan culpables en vez de buscar justicia. Pero por sobre todo es un ejemplo de cómo una cofradía, cuyos miembros están destinados a proteger al inocente, puede desviarse por completo de su camino y convertirse en una herramienta de opresión e injusticia.

Gran Maestre Montoya, de la cofradía de los Rostros Velados.



Todo comenzó durante el reinado de Euric VX, apodado “El belicoso”, durante una época infeliz, en especial para los campesinos y las clases bajas. Las continuas guerras, los altos impuestos para financiar esas continuas guerras, las grandes pérdidas de vidas a causa de las fracasadas campañas militares, todo eso era alimento para posibles rebeliones. Incluso las campañas militares exitosas traían poco beneficio al pueblo llano, porque los territorios conquistados se sublevaban a menudo, y más hombres debían ser reclutados a la fuerza y su ejército se extendía y adelgazaba más y mas.

“Pan y circo” es un viejo dicho que data de la época del imperio Akkemida, de modo que Euric VX “el belicoso” busco aplicarlo para calmar a su gente, pero como no podía proveer de pan buscó a cambio el circo, y así creó un nuevo enemigo, pero no uno fuera de sus fronteras, sino dentro de ellas. Y rápidamente los clérigos de la Iglesia del Dominus denunciaron a los herejes y paganos que adoraban a otros dioses o derechamente a demonios, cuya solo existencia debilitaba la fe del pueblo.

En ningún lugar fue aquello más intenso y cruel que en la ciudad de Forghand. Allí durante mucho tiempo hubo una tibia tolerancia hacia otras religiones, podíamos hallar seguidores de los Setenta y Siete dioses de Luzhar, del Dios Desvanecido, creyentes en las Tres Damas –la doncella, la madre, la anciana- en los espíritus elementales e incluso un templo dedicado al Gran Devorador, cuyos fieles aseguraban haber abandonado la práctica del sacrificio humano hace mucho tiempo.

Y la cofradía del Trono Dorado mudó su sede a esa ciudad, y sus cazadores, que anteriormente aún cumplían con su labor de matar bestias, se dedicaron por completo a combatir a los herejes y a los enemigos de la fe, y se transformaron en algo terrible e injusto, y dejaron de ser una cofradía y tomaron el nombre de Sagrada Orden.

Todo dios ajeno al Dominus fue perseguido, o debiéramos decir, mas acertadamente, que fue perseguido todo creyente en otro dios. Muchos fueron obligados a irse, a abjurar de su antigua fe, a denunciar a otros creyentes bajo tortura, y los menos afortunados fueron ejecutados, ya fuera en la hoguera o, compasivamente, con el hacha del verdugo o con la horca. Y antes de eso la señal del hereje fue marcada en sus cuerpos con metal al rojo, o simplemente tatuada en su piel, para su eterna vergüenza, si los tribunales se mostraban compasivos y no condenaban a muerte.

Sus templos fueron profanados y derribados, las imágenes de sus dioses rotas, arrojadas a la basura o fundidas si estaban hechas de algún metal valioso. Los hechos de crueldad alcanzaron nuevos niveles de refinamiento, como cuando invadieron el templo de El Gran Devorador, no solo decapitaron a su serpiente sagrada (una anaconda de casi 12 varas de largo) sino que también sirvieron su carne en un festín al que asistió el propio rey y los principales clérigos de la iglesia del Dominus.(1)

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Una sacerdotisa del culto a Las Tres Damas ardiendo en la hoguera, el color rojo de su vestimenta representa la vergüenza.


Sin embargo la historia de Los Alumbrados no tiene relación con otros dioses, sino que surgió de la propia fe en el Dominus. Todo comenzó con la muerte del monje Dionisius, quien era sumamente querido por su bondad, su carisma y su inteligencia, considerado como alguien cuya santidad iluminaba la fe de todos los que lo rodeaban. Mientras estuvo vivo reunió a gran número de seguidores, y cuando falleció le encargó a otro monje, Carolus, que cuidara de ellos. Y así lo hizo, por un tiempo.

Uno de los seguidores era un comerciante llamado Mont, quien tiempo después de la muerte de Dionisius afirmó haber tenido visiones divinas y proféticas, incluyendo una que le revelaba la fecha exacta de la muerte del monje, pero que el ocultó a pedido del mismo para no entristecer a sus seguidores.

El grupo de fieles recibió con alegría las revelaciones de Mont, quien había sido bendecido por el Dominus, y quien siguió recibiendo nuevas visiones, incluyendo nuevas profecías. Algunas las revelo tiempo después de que los hechos ocurrieran, otras en cambio eran de sucesos que solo ocurrirían en décadas futuras, tiempo después de la muerte de Mont. Le pedían consejo, tanto sobre asuntos de la vida diaria como de temas espirituales, porque confiaban en su sabiduría.

Y mientras uno era elevado –al menos por sus seguidores- a la santidad, otro que también aspiraba a la santidad se dejaba dominar por sus pasiones y la terrenal envidia. Ese alguien era el monje Carolus, quien veía como los antiguos fieles de Dionisius, a quien juro proteger y guiar, lo ignoraban cada vez mas y convertían de modo espontaneo al comerciante Mont en su líder y ejemplo a seguir en lo espiritual.

Y Carolus termino por ceder a la envidia, el cuarto pecado más corruptor según la doctrina del Dominus, y busco perjudicar a Mont y arrastrar su nombre por el fango. Primero interrogó a los demás fieles y después al propio Mont buscando errores y malinterpretaciones teológicas, pero nada halló para su propia frustración. Las visiones del comerciante, aunque coloridas y extrañas, tenían base en las antiguas y las nuevas escrituras de la Iglesia, y Carolus decidió llevar sus planes un paso más allá.

O debiéramos decir, muchos pasos más allá de la decencia, la ética y la dignidad humana. No sabemos si el realmente deseaba que sucediera lo que finalmente aconteció, o si solo buscaba desprestigiar el nombre de su rival sin realmente dañarlo físicamente a él y a los demás miembros de su grupo. Pero lo que realmente deseaba no importa, porque las consecuencias de sus actos fueron terribles.

Primero reunió gran número de textos profanos y errados, desviados de la doctrina, condenados y prohibidos por la fe, y los mezcló, los alteró y luego los presentó a los fieles como producto de sus propias visiones, incluso dijo que esas mismas palabras le fueron dictadas por el propio Dionisius desde el Mas Allá. Los fieles, incluido el propio Mont, leyeron los textos y los aceptaron sin notar nada anormal en ellos, porque pese a su enorme fe carecían de una adecuada educación teológica, y no tenían razones para sospechar de una intriga producto de la maldad, no de parte de un compañero en la fe y el amigo más cercano del santo monje Dionisius.

Fue él quien también propuso que el grupo se hiciera llamar Los Alumbrados, porque estaban iluminados por la sabiduría de un hombre santo, y todos los seguidores del fallecido monje aceptaron el nombre.

Una vez hecho esto, Carolus envió una carta a la orden del Trono Dorado, denunciando las desviaciones doctrinales de un grupo que además adoptaba un nombre engreído para diferenciarse de los demás fieles. Y después no sucedió nada.

No durante ocho largos años, la orden sagrada estaba demasiado ocupada con los seguidores de otros dioses como para preocuparse de las divisiones internas de su propia iglesia. Y quizás no hubiera ocurrido nada por varios o muchos años más, de no ser por un hecho inesperado.

Un antiguo dicho señala que el enemigo más corrosivo e insidioso es el interno, y eso quedo demostrado con el surgimiento de una herejía dentro de la propia fe del Dominus. En la sureña provincia de Ezzkhal la Iglesia del Nuevo Nacimiento, también llamados Repetitivos o Continuadores, se multiplicaban como ratas en un granero.

Creían en la reencarnación, la transmigración de los cuerpos y otras abominaciones, aseguraban que el Dominus, siendo un dios severo pero a la vez justo y compasivo, no condenaría las almas de los fieles sin darles una nueva oportunidad, o múltiples oportunidades, tal generosidad incluiría también a quienes adoraban a otros dioses o a quienes los negaban a todos, todo hombre y toda mujer tendría una nueva oportunidad después de la muerte, sin importar los pecados que haya cometido en su primera vida. Incluso los pecados mas graves podían ser expiados en una nueva vida, pero eso solo seria reencarnando en una criatura inferior.

Así, los violentos se convertirían en escorpiones, los intrigantes en arañas, los lujuriosos en conejos, y los perezosos… en perezosos. Pero solo seria por una vida, y una vez terminada tendrían la oportunidad de volver a nacer como humano y poder limpiar los pecados cometidos. Y eso, la idea de que un alma humana pudiera ocupar un cuerpo animal –o que un animal pudiera tener un alma humana- fue aborrecible para la doctrina del Dominus, y el Trono Dorado recibió órdenes de exterminar esta amenaza a la unidad del reino.

Y muchas cosas horribles volvieron a repetirse, al menos a los creyentes en otros dioses se les daba la oportunidad de arrepentirse, de expurgar su herejía y de aceptar al Dominus en su corazón, pero a los llamados repetitivos no se les dio tal opción.

Y fue entonces cuando los lentos engranajes de la orden empezaron a moverse, y Mont fue arrestado, junto con tres de los más destacados miembros de Los Alumbrados, o al menos los más cercanos a él, sus nombres eran Laertes, comerciante en lana, Falius, maestro alfarero, y un tercero cuya identidad se ha perdido. No sabemos si la orden pensaba que eran seguidores de la herejía de los repetitivos, o si creían que eran un grupo aparte que también se había desviado de la fe, y quisieron arrancar la mala hierba desde el principio. Pero creyera lo que creyera, la orden actuó con una rudeza que bordeaba la brutalidad.

Así Mont y los otros tres fueron prisioneros en las cárceles secretas de la orden –cárceles que hasta el día de hoy niegan que existan- donde fueron sometidos a durísimos interrogatorios que se prolongaron por meses. La justicia de la orden, que en muchos otros casos era extremadamente rápida, en este caso se movió lentamente para mayor tortura de los acusados. Al cabo de un año de aislamiento Laertes murió, Falius perdió la cordura y murió poco después, y el tercer hombre, el anónimo, fue liberado y vivió muchos años más, pero con su mente rota. Solo Mont, el visionario, vivió lo suficiente y tuvo cordura suficiente como para ser juzgado, él y todos los demás alumbrados, en número de tres docenas.

Mont fue condenado a la hoguera, mientras que los demás acusados debieron realizar muestras públicas de vergüenza y arrepentimiento, reconociendo sus pecados y, como expiación, fueron arrojados muñecos de madera con la efigie de cada uno al mismo fuego donde ardía Mont. Un acto de compasión que la orden del Trono Dorado rara vez tuvo antes o después.

Los Alumbrados se dispersaron y el monje Carolus se recluyó en un monasterio en las montañas, del cual nunca más salió. Vivió veintiséis años más, hasta que murió de una caída en su habitación, donde se rompió la cadera.

Su testimonio está guardado en la biblioteca de la sede de nuestra cofradía, en el texto, que tiene cien años de antigüedad, a pesar de reconocer implícitamente sus pecados, sigue intentando justificarse al decir que las visiones de Mont habrían acarreado tarde o temprano su ruina y la de todos sus seguidores.

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Mont el visionario en medio de las llamas de su castigo.

Notas al pie:
1. Esto refleja una antigua practica revestida de especial simbolismo: Mi Dios es más fuerte que tu dios, y mi Dios come a tu dios, apoderándose de su fuerza y su poder, un equivalente a esto lo podemos hallar en las diversas practicas de canibalismo ritual de otras tierras.