Pero, ¿qué es eso del grial y de dónde sale?
Si
usted es de los que han perdido su tiempo leyendo a personajes como
Enrique de Vicente, sabrá perfectamente que el grial es la copa que usó
Jesucristo en la última cena... o que es una copa en la que José de
Arimatea recogió la sangre de Jesucristo durante la crucifixión... o que
es las dos cosas, da igual, lo importante es que la tal reliquia tiene
potentísimos poderes mágicos y el que la encuentre va que arrea camino
de dominar el mundo.
Eso dicen los ocultistas, pues.
Lástima,
verdaderamente, que a los evangelistas bíblicos se les haya pasado
anotar el detalle ése de José de Arimatea, recogiendo la sangre de
Jesucristo en una copa, escena sin duda hollywoodesca y sabrosa.
También
les gusta añadir a algunos que la misteriosona palabra "grial" es una
especie de contracción absurda de "sangue royale", que en francés
moderno es "sangre real". Esto puede tener que ver con la copa que
contuvo la sangre de Cristo o con la línea "de sangre" de los hijos y
nietos de Cristo hasta nuestros días.
Y, eso sí todos, gozan
sugiriendo que al parecer los Templarios, o más bien los Pobres
Caballeros del Templo de Jerusalén, una de tantas órdenes
monástico-militares surgidas en tiempos de las cruzadas, encontraron el
grial y lo traían de allá para acá.
Los
templarios, a partir de su fundación como "pobres caballeros" en 1096,
en la primera cruzada, pasaron a convertirse en poco tiempo en una
organización que disponía de enorme riqueza y el favor del Papa. Tal
riqueza y poder provocaron envidias crecientes, hasta que en 1307 el rey
Felipe IV de Francia arrestó a todos, les aplicó horrendas torturas y
los hizo confesar todo tipo de atrocidades heréticas. Felipe IV no se
andaba con chiquitas, considerando que acusó también de horrendas
herejías al Papa Bonifacio VIII. El caso es que después del arresto
masivo de templarios en Francia, El Papa Clemente V, que al principio
defendió a los templarios, se vio convencido por las confesiones y
procedió a eliminar la orden entre 1308 y 1311. La riqueza de los
templarios se la dividieron encantadas de la vida otras órdenes
monástico-militares como los Hospitalarios y hasta allí quedó la cosa
hasta que los ocultistas empezaron a tejer fantasías sobre el tema ya
bien entrado el siglo XIX.
¿Y el grial?
Bueno, el grial en sí es un invento de un escritor de bestsellers.
No,
no de Dan Brown, claro, sino de Chrétien de Troyes, un brillante
francés del siglo XII, contador de historias de caballería que en gran
medida puso las bases de las leyendas arturianas. Es autor de cuatro
libros completos, entre ellos El caballero del león y El caballero de la carreta.
En estos romances en verso, pone en el papel las historias de
caballeros como Yvain (Gawain) o Lancelot (Lanzarote) que luego tendrían
protagonismo en la leyenda arturiana. Hacia el final de su vida,
alrededor de 1175, escribe Le Roman de Perceval ou le Conte du Graal (El romance de Perceval o el cuento del grial).
La obra quedó inconclusa pues Chrétien falleció cuando llevaba 9000
líneas y cuatro autores trataron de terminarla (la edición de la
Biblioteca Medieval Siruela El Cuento del grial de Chrétien de Troyes y sus Continuaciones
incluye las cuatro, y es buenísimo). Por supuesto, el libro de Chrétien
fue el que usó Wolfram von Eschenbach años después para componer su Parzival.
La historia de Chrétien tiene su origen, al parecer, en el relato celta de Peredur, el hijo de Evrawc.
Las similitudes entre las historias son notables, pero no nos vamos a
meter en los detalles de la historia, que es la de un joven que decide
hacerse caballero y vive aventuras varias, sino solamente en el capítulo
donde Chrétien inventa el grial.
En una de sus correrías,
Perceval llega a la corte del Rey Pescador. Mientras cena, ve que pasa
un paje con una lanza blanca con una gota de sangre que baja de la punta
hasta la mano del paje, y luego dos pajes con dos candelabros de al
menos diez brazos cada uno y, por supuesto (copio de la edición de
Siruela arriba indicada):
Una doncella, hermosa, gentil y bien
ataviada, que venía con los pajes, sostenía entre las dos manos un
grial. Cuando allí hubo entrado con el grial que llevaba, se hizo una
claridad tan grande, que las candelas perdieron su brillo, como les
ocurre a las estrellas cuando sale el sol, o la luna. Después de ésta
vino otra que llevaba un plato de plata. El grial, que iba delante, era
de fino oro puro, en el grial había piedras preciosas de diferentes
clases, de las más ricas y de las más caras que haya en mar y tierra;
las del grial, sin duda superaban a todas las demás piedras.
Punto. Finis. Nada más.
El
grial pasa un par de veces más ante Perceval sin que Chrétien considere
oportuno darnos más datos sobre él, sobre todo porque el verdadero
problema (lo que le traerá toda suerte de contratiempos al joven e
ingenuo caballero en las páginas subsiguientes) no es el grial en sí,
sino el no haber preguntado a quién se sirve con el grial. No sabe (ni
tiene por qué saber, por cierto) que debe preguntar a quién se servía
con el grial, y lógicamente no pregunta para no parecer zafio e ingenuo,
lo cual resulta una involuntaria metida de pata monumental.
¿Existía
una escena parecida en la historia de Peredur? Sí, pero en ella no hay
grial. Durante la cena pasan dos jóvenes con una lanza gigantesca con tres
regatos de sangre que caen de la punta al suelo, y luego dos doncellas
con una gran bandeja entre ellas, en la cual había la cabeza de un
hombre, rodeada de gran profusión de sangre. Si bien esto podría ser
reminiscente de la historia de Juan Bautista y Salomé, no tiene nada que
ver con el grial de Chrétien. El grial que usa Von Eschenbach, por su
parte, es una piedra que alimenta.
O sea, que el inventor del
grial como tal es Chrétien de Troyes. Y la descripción sinceramente no
parece la de una copa, porque suena raro que la doncella la lleve con
las dos manos, además de que en una copa no caben tantas piedras
preciosas ni se ven con tanta claridad como para justificar el asombro
de Perceval. Lo que hace que la mayoría de los estudiosos serios
consideren que el "graal" de Chrétien es un "gradale" romano, una
bandeja grande (y lo de la "sangue royale" viene quedando en el reino de
la etimología ficción a contentillo del buhonero de misterios).
Ni copa ni cosa parecida, pues.
Al menos hasta que apareció Robert de Boron.
Paréntesis medieval
No
es fácil imaginar la visión religiosa de la cristiandad del medioevo.
La religión lo era todo, todo el tiempo, todo el día, todos los días, en
todos los actos públicos y privados. Este hecho, esta presencia
religiosa que todo lo impregna, se daba en un ambiente de superstición
sin límites. ¿Qué tanto fanatismo se necesita para organizar una cruzada
con entre 15 mil y 30 mil niños, todos menores de 12 años, para
recuperar Jerusalén?
El medievo era el paraíso de los
charlatanes, un lugar donde los productos más exitosos del medievo eran,
precisamente, las reliquias, es decir, objetos o trozos de personas que,
por su estrecha asociación con algún personaje de la cristiandad, se
consideraban plenos de poderes mágicos, capaces de obrar milagros.
Las
reliquias que rodaban por la Europa medieval eran verdaderamente un
desafío a la capacidad de creer en lo que sea. En distintos templos, y
llegadas por los caminos más raros, frecuentemente de la mano de algún
antecesor de los paranormalólogos del siglo XXI, se podían contemplar
unas gotas de leche de la virgen María, dientes de Cristo, pelo de
Cristo, sangre de Cristo, astillas de la cruz (tantas, según algunos
historiadores, que daban para fabricar varias cruces), trozos de los
pañales de Cristo... ¡uf! Los monjes de Charrox incluso exhibían
orgullosísimos el prepucio de Cristo. Lo más interesante es que la
iglesia de Joannes Lateranensis en Roma también tenía el prepucio de Cristo. Y en el siglo XI había al menos tres cabezas de Juan Bautista rodando por ahí.
(Esto
me recuerda una historia que no viene al caso, pero va: es sabido que
la tumba del revolucionario mexicano Pancho Villa fue profanada y su
cabeza robada, sin que haya aparecido a la fecha, aunque se sospecha que
el profanador fue el coronel Francisco Durazo. El caso es que hubo
vivos que vendieron varias veces la cabeza de Pancho Villa. Se cuenta
que una vez uno de estos santos patrones de los investigadores de lo
paranormal fue a ofrecerle la cabeza de Villa a un personaje político, y
éste le respondió muy ofendido: "¡Qué me va a vender usted la cabeza de
Villa, si yo la tengo, la compré el año pasado". A lo cual, el timador
respondió usando esa agilidad mental que distingue al verdadero
embustero: "Sï, jefe, pero ésta es de cuando Villa era niño".)
Vuelvo al medievo dejándole un saludo a mi general Villa.
Obviamente,
la acumulación de reliquias por sí misma no servía para nada. Pero la
posesión de una reliquia "interesante" por parte de un templo o
monasterio, especialmente una reliquia que "hiciera milagros", era ante
todo (y como hasta hoy) un negociazo. La llegada de fieles
prestos a dar limosna hacían que una iglesia sin reliquia estuviera
condenada a medrar en la pobreza mientras veía cómo sus vecinos se
hacían ricos y famosos con una falange de San Judas Tadeo, una pluma del
ala izquierda del arcángel Gabriel o la cabeza de Santa Anna, máxime si
por las buenas o por las malas habían convencido a un par de aldeanos
para que dijeran que la reliquia les había curado una pústula o cosa
similar.
No por nada, en ese siglo XI las capillas privadas del
Papa en Roma tenían el cordón umbilical y, ya dijimos, el prepucio de
Cristo, un trozo de la cruz, las cabezas de San Pedro y San Pablo, el
Arca de la alianza, las Tablas de Moisés, el cayado de Aarón, una urna
de oro llena de maná, la túnica de la Virgen, varios elementos del fondo
de armario de Juan Bautista, las cinco hogazas y los dos peces que
multiplicó Cristo para alimentar a cinco mil el día del Sermón de la
Montaña y la mesa usada en la última cena.
Ahora, entiéndase que
no habiendo médicos, ni una comprensión siquiera de las dimensiones del
tiempo que separaba a la gente del siglo XI de los tiempos bíblicos, no
habiendo derecho a dudar o preguntar (so pena de ser considerado hereje,
muy mala cosa, como descubrieron los Templarios), no habiendo libre
debate, comunicaciones ni nada que no fuera sobarse el lomo de sol a sol
y a misa los domingos, el ciudadano común y corriente (o, para ser
precisos, el siervo feudal común y corriente) no tenía de otra que
ponerse en las manos de los monjes y sus reliquias.
Robert de Boron
En la última década del siglo XII o la primera del XIII, Robert de Boron escribió el romance
Joseph d'Arimathie, otra historia imaginaria de caballerías basada en el
Perceval de Chrétien (ya hablamos aquí de cómo
los mercachifles de lo esotérico confunden la fantasía con la realidad, precisamente al hablar del libro de Dan Brown y los que se subien al tren para cobrar).
La
aportación de Boron a la narración de Perceval fue, precisamente,
imaginar que el grial era la copa de la última cena, llevada por José de
Arimatea de Tierra Santa a Gran Bretaña. Era otra vuelta de tuerca como
la que había dado Von Eschenbach, en el proceso de apropiarse de la
historia de Perceval.
Hasta ese punto de la historia, mil y tantos años después del inicio de la era cristiana, no existía ni un solo
dato,
ni una sola referencia histórica, ni una prueba siquiera de que el
grial fuera otra cosa que una metáfora que se convirtió en mito para
insertarse en el mundo mágico de la edad media. Todo lo cual es
extraordinariamente interesante, pero en modo alguno es testimonio de
hechos reales. Psicología, sociología, historia de la literatura, visión
del mundo de una época y una región del mundo, todo eso es el grial.
Las
ganas de hacer real el cuento vinieron mucho después... y de todos
modos no cuentan con ningún dato, ni una sola referencia histórica, ni
una prueba de la existencia real del grial.

Lo que ciertamente no es es algo como lo que se describe en el siguiente trozo de oratez: ...
el Grial fue el recipiente utilizado por Cristo durante la Última Cena,
tallado, tal como lo refiere la tradición griálica, sobre una esmeralda
que se desprendió de la corona que portaba Lucifer sobre la frente y
que se desprendió en el momento de su caída a los Infiernos, al ser
derrotado por el arcángel Miguel. Resulta significativo que antes de su
caída, según la Kabala, Lucifer era el ángel de Kether, la corona, la
primera de la séfiras, cuyo nombre hebreo sería Ha-Kathriel y su valor
numérico 666.
Vaya, mayor colección de majaderías en tan breve espacio sólo puede encontrarse en las páginas de publicaciones como Más allá (de la razón) de donde extrajimos este parrafillo.