viernes, 30 de enero de 2026

Fantasía lésbica segun Star Trek

 

Fantasía lésbica según un activista woke:




Fantasía lésbica según un fan:



Fantasía lésbica según un verdadero fan:












miércoles, 21 de enero de 2026

Spots publicitarios que realmente dan miedo (de Chile y Colombia)

 




Los spots publicitarios, anuncios o simplemente comerciales pueden ser o no ser arte, no voy a discutir eso aquí, solo señalar que, además de impulsar el deseo de comprar tal o cual producto, los comerciales pueden provocar sensaciones, y entre esas sensaciones esta el terror, miedo, inquietud o simple rechazo, como podemos ver a continuación.

Publicidad terrorífica chilena

Publicidad terrorífica chilena parte II

Publicidad terrorífica colombiana por Cuki Kuin

Mas comerciales perturbadores, esta vez internacionales


sábado, 3 de enero de 2026

Piel de sapo para expandir la mente (Cuento)

 Un cuento de mi autoria perteneciente al Universo de la AGIAT.


Iquique, Chile, otoño

Natalia se encontraba en su habitación, mirando a través de la ventana, fumando, observando el urbanizado horizonte. El cielo estaba nublado y gris, tan gris como los edificios de departamentos y oficinas que podía ver. De vez en cuando miraba hacia la calle, varios pisos más abajo, buscando a alguien entre la multitud, y luego echaba una mirada a su celular, esperando algo.

Volvió a mirar abajo, distraídamente, sin fijarse en nada en especial. Ya empezaba el atardecer, pero aun muchas personas caminaban ocupándose en sus propios asuntos, pero ninguno de ellos era Mario, su novio. De vez en cuando pasaba alguien que podría ser el, pero tras observarlo con mayor atención, descartaba esa idea.

De pronto vio algo que le llamo la atención, alguien (¿hombre, mujer?) cuya cabellera negra brillo por un momento en azul al reflejarse en su cabeza un rayo de sol. Fueron unos pocos segundos, y luego ese brillo desapareció al subirse el dueño de esa cabellera a un autobús del transporte público. El aura luminosa que rodeo su cabeza fue notoria incluso a la distancia en la que estaba Natalia, lo cual la dejo intrigada… ¿Qué seria eso? No estaba seguro si era un hombre o una mujer, en todo caso parecía ser alguien muy bajito, comparándolo con las demás personas en la calle ¿Tal vez un hada? Las hadas solían tener un brillo especial en el cabello (¿Cómo era esa palabra, cuando una cosa brillaba y reflejaba la luz de un modo especial?) al menos algunas, y en Iquique, y prácticamente todo Chile, las criaturas no-humanas más comunes, y generalmente las únicas, eran las hadas, aunque la mayoría no eran hadas “puras” sino semihadas, mestizas mitad humanas, o mayormente humanas, bajitas de estatura y de orejas puntiagudas, y con suerte con bonito cabello brillante (iridiscente, esa era la palabra) y ojos extrañamente grandes, pero mediocres en la magia e incluso incapaces de volar.

Su mente empezó a divagar, recordando como a las semihadas -especialmente a las femeninas- se las consideraba atractivas por sus ojos claros, piel suave y cabello brillante, y muchas tenían facilidad para seguir carreras en el modelaje y la televisión, sin importar si realmente tenían talento para la actuación… Había un poco de fetichismo en eso, y recordaba también carteles pegados en la calle donde solicitaban a “señoritas de entre 18 a 35 años” para trabajar “en un privado” como “damas de compañía” (es decir prostitución legalizada) y muchos de esos carteles recalcaban la frase “de preferencia señoritas con ascendencia faérica notoria”

(Su mente siguió divagando, y empezó a recordar una época en su vida, apenas tres años atrás, cuando era una estudiante sin recursos y con muchos aprietos económicos, una época donde ella empezó a mirar con interés, esperanza y ligera repulsión esos mismos carteles de “se buscan señorita”)

Finalmente escucho un pitido en su celular, lo cual interrumpió el curso de sus pensamientos (para su alivio… ) Lo reviso encontrándose con un mensaje de Mario, una frase que solo tendría sentido para ellos dos.

-Ya llego, los sapos están listos (emoji carita sonriente)

Se aparto de la ventana, arrojo la colilla de cigarro al lavaplatos y a continuación saco otro cigarrillo… pero lo pensó mejor y lo guardo.

Un minuto más tarde alguien golpeo a la puerta de su departamento, y ella le abrió.

-Llegué, lo traje todo ¿estas lista? -Mario, gordo, con barba y su infaltable polera con el nombre de una desconocida banda de rock indie, entró como si fuera el dueño del lugar, sin saludar y cargando una caja de zapatos.

-Saluda al menos ¿Qué acaso dormimos juntos? -Dijo Natalia sin disimular su molestia.

-Bah, disculpa -se acercó y le dio un beso en la mejilla- Hola… ¿estas lista?

-Yo sí ¿Hay que preparar algo, colocar o usar algo?

-No, solo cerrar las ventanas… y creo que con una luz tenue bastara.

Unos minutos más tarde, con las cortinas cerradas, una única lampara encendida y habiendo
despejado el centro de la habitación, Mario Y Natalia se sentaron con las piernas cruzadas sobre la alfombra, y en medio de ambos la caja de zapatos. La lampara apenas era suficiente como para crear un circulo de luz que los abarcaba a ambos y a la caja, llenado de sombras alargadas las paredes.

-¿Cómo lo conseguiste?

-Se dice el milagro pero no el santo… Tengo contactos, ya sabes.

Mario levantó la tapa y sacó lo que la caja contenía. A Natalia, al principio, con la leve luz, le pareció completamente negro, pero luego se dio cuenta de que su color era más bien un pardo verdoso en el lomo y toda su parte superior, y más claro en el vientre. Era un sapo, un enorme sapo gordo y de aspecto verrugoso, si Natalia fuera bióloga lo habría identificado como un Incilius alvarius, o sapo del desierto de Sonora, pero también habría notado unas diferencias anatómicas leves pero evidentes y habría llegado a la conclusión de que se trataba de un ejemplar de otra especie, sin duda de la misma familia Incilius, pero no un sapo de Sonora. Pero Natalia no era bióloga, y para ella era solo un sapo de aspecto desagradable e hinchado, pero hasta ella noto que su piel se veía seca y apagada.

-¿Esta… bien?

-Supongo, debe haber estado mucho tiempo dentro de la caja, a mis “contactos” tampoco le fue fácil conseguirlo. -La miró fijamente y repitió- ¿Estas lista?

-Yo… -Natalia suspiró, volvió a cuestionarse como su novio la convencio de participar en este experimento- ok, vamos a hacerlo, pero sería mejor uno primero y después el otro.

-No ¿por qué?

-Sería más seguro.

-Esto es seguro, los Aymaras de Guatemala han estado lamiendo estas cosas por siglos, para sus rituales ayahuasticos.

Natalia no era antropóloga, pero hasta ella sabía que los Aymaras eran un pueblo indígena que vivía principalmente en Perú, Bolivia y Chile, muy lejos de Guatemala, y también sabia que “ayahuastico” no era una palabra real, pero prefirió no decir nada.

-Vamos, esto va a ser genial, no hay ningún peligro si iniciamos el viaje juntos, será mejor así, más místico, mas… eh, místico, más espiritual, solo recuerda la vez que probamos la ayahuasca ¿Lo recuerdas?

Natalia lo recordaba, una de sus experiencias -LA experiencia- más alucinante de su vida, recuerda que llego a ver duendes, si, duendes, y no solo a verlos, llego a tocarlos, tal como ahora sentía la áspera textura de la alfombra bajo sus pies desnudos.

-Así que… ¿Vamos en serio o no?

-Dale, vamos.

Mario apretó al sapo entre sus manos y le hundió las uñas en su piel, el animal, que había permanecido quieto hasta entonces se agito e intento escapar.

-¡Oye, que haces!

-Hay que estresarlo, solo así sueltan los alucinógenos.

Natalia no dijo nada, pero, aunque el animal le resultaba repugnante, no le gustaba que lo maltrataran gratuitamente, tampoco le gustaba la mirada del sapo, a pesar de sus ojos vacuos e inexpresivos, le parecía que su mirada expresaba ira y furia, como si quisiera matar a sus atormentadores.

-Creo que ya está bien, la piel como que se le nota más húmeda… ¿Lista?

No había más remedio, ya habían llegado muy lejos, y mientras ella repasaba mentalmente las precauciones que habían tomado (cuchillos escondidos, ventanas con las cortinas cerradas, puerta cerrada, gas cortado) Mario le dio el primer lengüetazo al sapo.

Y después otro.

-No siento nada todavía -otro lengüetazo- hay que esperar a que haga efecto.

Y se lo entrego a Natalia.

“Dios, como fue que llegue a esto” Y con repugnancia lamio al bicharraco. Sorprendentemente, no tenía mal sabor, o mejor dicho, no tenía sabor a nada, un par de lamidas después se lo devolvió a Mario.

-¿Sientes algo?

-No.

-¿Sientes cómo se expanden tus sentidos, como se abren las puertas de la percepción, como tu mente se ilumina y rompe las barreras de la mediocridad y la monotonía, para entrar en contacto con el Cosmos y sus secretos?

-No.

Varios minutos y un par de lamidas después aun no pasaba nada.

-Esperemos.

Minutos después, aun nada.

-La dosis no es suficiente, hay que volver a lamer.

Nada.

Natalia creyó por un momento escuchar algo, afuera, en el exterior. Pero luego se dio cuenta de que no era así, solo fue su imaginación, ningún sonido extraño venia de afuera.

De hecho, ningún sonido venia de afuera, y no era tan tarde como para que los ruidos del tráfico desaparecieran.

-Creo que me estafaron -dijo Mario minutos después- Ya deberíamos sentir algo… Creo que voy a conversar con alguien, alguien me debe una explicación.

Natalia se levantó, en cierto modo se sentía aliviada, y a la vez algo decepcionada.

Camino hacia la ventana y corrió la cortina.

Al principio solo sintió confusión, eso por unos pocos segundos, luego sorpresa, la cual paso
demasiado rápido, y después pavor, que llego como una ola golpeando y estallando en espuma, y también una idea. Una que alivio el pavor y miedo que la inundaban.

“Estoy alucinando… realmente estoy alucinando, las lamidas finalmente tuvieron efecto”


El cielo estaba rojo, no rojo como al atardecer, sino rojo sangre, y la luz teñía también de rojo a los edificios y a todo lo que podía ver desde la ventana, abajo, en vez de una multitud y autos, corría un rio rojo, espeso y burbujeante.

Y arriba estaba el sol, de un tono de rojo menos intenso, y mirarlo directamente no heria la vista.
No, no era el sol, lo que había en el cielo parpadeo, se movió, y formo un iris carmesí.

Y luego miró directamente a Natalia.

-Mario… ¡Esto es increíble! ¡La mejor alucinación que tenido en mi vida! -Natalia se sentía llena de vértigo, como si caminara por el borde de un precipicio.

Y el ojo la miro y parpadeo, diciendole:

No estas alucinando.

Y Natalia comenzó a gritar.

sábado, 29 de noviembre de 2025

El caso de Rudolf Fenz, un misterioso viajero en el tiempo (o tal vez no)

 



El caso de Rudolf Fenz es una historia que ha estado circulando hace décadas en diversos medios como revistas y periódicos, y mas recientemente en internet, un caso muy creíble apoyado por datos investigados por la policía de Nueva York. Aunque hubo varias versiones circulando con diferentes detalles, la historia original es la siguiente: 



[…]Nueva York, a las once y media de la noche en una fecha indeterminada hacia junio del año 1950. Hace calor, la gente aprovecha la bonanza veraniega para pasear por las calles o disfrutar de una de las muchas atracciones de la ciudad de los rascacielos. Esta típica estampa americana se ve súbitamente alterada por un hecho insólito, algo fuera de lo común. Entre la multitud destaca un personaje extraño, con ropas elegantes pero anticuadas, como salido de un museo, alterado, distraído, impresionado por lo que estaba contemplando. Este hombre ni siquiera siente el inminente peligro de caminar entre los vehículos que circulan raudos por las calles cercanas a Times Square. Lo inevitable sucede, el hombre ausente muere en el acto, atropellado.

timessquare.jpg

Poco después del trágico suceso, llegó la policía para realizar su ritual de costumbre, inspeccionando el cadáver, abriendo acta del caso, avisando al forense. Nada más contemplar al finado, vieron cosas que no encajaban y que presagiaban algo más que una muerte accidental. El, hasta entonces anónimo personaje, de unos treinta años de edad, yacía en el suelo vistiendo un largo abrigo negro, de tela gruesa poco apropiada para el caluroso verano, un chaleco inmaculadamente limpio y unos extraños zapatos puntiagudos con hebillas de metal. Si no fuera por lo trágico del asunto hubiera sido motivo de risas porque aquel “payaso” parecía salido de una fiesta de disfraces, sus ropas estaban sacadas de las brumas del tiempo pasado. Bueno, un loco excéntrico más que decide suicidarse entre los coches de la Gran Manzana. Todos pensaron eso, hasta que en el depósito de cadáveres se descubrió algo inquietante, el inusual contenido de los bolsillos. Billetes de banco muy antiguos, pero en perfecto estado, tarjetas de visita a nombre de Rudolf Fenz y una carta dirigida al mismo nombre con una dirección de Nueva York, fechada en 1876. Aquello comenzaba a tomar un feo aspecto, ¿Rudolf Fenz era el fallecido? ¿De dónde había salido? ¿Quién era este personaje? La policía intentó localizar a sus familiares buscando en todos los registros de la ciudad el nombre que aparecía en las tarjetas de visita.

Nadie con ese nombre vivía en la ciudad, no apareció ni rastro en la dirección indicada por la carta, ni en las guías telefónicas ni en los registros de los seguros médicos. Literalmente se puede decir que aquel hombre no existía, ningún rastro se encontró para saber algo más de él en Nueva York así que, desesperados, los investigadores recurrieron a inmigración. El nombre sonaba a algo germánico, ¿por qué no probar en Alemania? Tras la Segunda Guerra Mundial muchos alemanes emigraron al Nuevo Mundo, ¿sería Rudolf Fenz uno de aquellos recién llegados? Tras patearse muchos archivos y gastar bastante dinero en llamadas a consulados y funcionarios de Alemania, Suecia y Austria, no se logró absolutamente nada. Milagrosamente, pocas semanas después del accidente, descubrieron el nombre de Rudolf Fenz Jr. en una añeja guía telefónica de 1939. ¿Sería esta una buena pista? Lamentablemente, al acudir a la dirección marcada por la guía de teléfonos, les informaron que había fallecido hacía tiempo con más de setenta años de edad. Posiblemente se tratara del padre o algún familiar del atropellado, pensaron con un destello de esperanza los sabuesos. A pesar de todo, la cuestión no avanzó nada, hasta que el tenaz funcionario Hubert V. Rihn, del Departamento de Personas Desaparecidas, localizó a la viuda de Fenz Jr.

esquela.jpg

La declaración de ésta terminó por descolocar todo el caso. Según la viuda, el padre de su difunto marido había desaparecido sin dejar rastro allá por 1876, cuando salió a pasear y fumar un cigarrillo al anochecer, como solía hacer habitualmente. Nunca más se supo de él. Rihn revisó los archivos policiales del año 1876 para confirmar esa pista y lo que descubrió le puso muy nervioso. En un viejo informe aparecían los datos de la desaparición, tal y como la mujer la había relatado, pero había más. Una pequeña fotografía mostraba la figura del desaparecido, alguien idéntico al hombre atropellado en Times Square. A partir de aquí, la historia de Rudolf Fenz se convirtió en el caso de crononauta más “documentado”, la increíble odisea de alguien perdido en el tiempo que saltó más de setenta años en el futuro para aparecer en medio de Nueva York y morir atropellado por un automóvil, inaudita máquina para alguien del siglo XIX.[…]


¿Pero qué hay de verdad en esta historia? ¿Es verídica 100%?

Pues… No. Como lo revela el siguiente texto:


La historia comenzó a variarse, hubo hasta diez versiones distintas, los traductores se tomaban licencias e incluso añadían nuevos detalles que dotaban a la historia de mayor credibilidad aún. Se había gestado un misterio cada vez más inexplicable a la para que cuestionable. ¿Quién era realmente su protagonista? ¿Dónde empezó todo?

Por suerte, hubo un investigador londinense con residencia en Madrid que no tomó por ciertas las “verídicas” pruebas que envolvían el caso. Su nombre fue Chris Aubeck, y rastreó y recopiló toda la información que había sobre el crononauta. Mirando las fuentes de todos los artículos fue llegando hasta el relato original: un artículo publicado en los Estados Unidos para The Journal of Borderland Research en 1972. Su autor, Vincent H. Gaddis relataba el caso en primera persona anotando que su fuente inicial había sido el difunto Ralph M. Holland, de la revista Collier´s. Aubeck descubrir que ese tal Ralph M. Holland era un norteamericano nacido en 1899 que escribió muchas historias de ciencia ficción que se publicaron en varias revistas.

im-scared.jpg


Cuando parecía haber encontrado el origen contrastó que Holland no fue el creador de la historia, sino que éste se basó en una obra de ficción de un escritor llamado Jack Finney y que había publicado en 1951. Formaba parte de un relato titulado “Estoy asustado”. El escritor falleció en 1995.

La historia que había formado parte de tantas publicaciones de misterio se revelaba como uno de los primero hoax de los nuevos tiempos. ¿Cuántas historias habrá como esta?




Fuente: La historia del viajero del tiempo que tuvo engañados a nuestros padres y abuelos



El cuento original (en ingles): Im-Scared-Jack-Finney_3681.pdf










lunes, 10 de noviembre de 2025

Chad vs the gay nazis: el videojuego antiwoke del año

 




 

Y con "del año" quiero decir "prohibido en Steam, Eneba y todos los demás sitios" por xxx razones muy menores. Solo se puede comprar en el sitio web oficial del tal andypants... Si les interesa, o se atreven.

El videojuego, hecho por una sola persona (se nota) llamada andypants y que claramente busca tanto ofender a mucha gente como atraer a cierto tipo de público (aquellos que lloriquean por el “woke” y se sienten ofendidos por la diversidad en videojuegos, películas, comics o la vida real) trata sobre Chad Pierce, el protagonista, un conserje de una escuela que trata de proteger a su hija de los nazis homosexuales. Así que ya se imaginaran que muy tolerante y respetuoso no es, es homofóbico, transfóbico, racista y toda clase de intolerancias múltiples. Aparentemente -no es 100% seguro- al tal andypants le quitaron la custodia de su propia hija, quien aparece como un personaje en el propio juego.

Este video explica la controversia mucho mejor que yo.




viernes, 17 de octubre de 2025

Una Historia Romana (relato de la AGIAT)

 Un relato escrito por el usuario Howard, del universo de la AGIAT.






El aire apestaba a sangre y mierda. A Marco le ardían los pulmones cada vez que respiraba. A su izquierda, un legionario vomitaba entre espasmos, agarrándose el vientre abierto por una lanza. A su derecha, otro gritaba mientras un celta le rajaba la garganta con un cuchillo curvo.

Marco escupió un diente roto y sacó el puñado de azufre de su bolsa.

—¡Ignis orbis!

El polvo amarillo se prendió al contacto con el aire. Las llamas brotaron de sus manos, envolviendo a tres guerreros celtas que corrían hacia él. Sus pieles estallaron como cuero seco. Uno cayó de rodillas, chamuscado, los ojos derretidos. Los otros dos siguieron ardiendo en silencio, tambaleándose antes de desplomarse.

Algo le clavó la pierna. Una espina negra, gruesa como un dedo, le perforó la pantorrilla y le inyectó veneno. El dolor le subió por el muslo como un hierro al rojo.

—¡Defututa puella! —escupió.

Un celta medio quemado se abalanzó sobre él, blandiendo un hacha. Marco levantó la vara de cobre y gritó:

—¡Fulgur percute!

El rayo le reventó el pecho al hombre. La carne explotó, salpicando a Marco con trozos de costillas y vísceras. El cadáver cayó de cara al barro, humeando.

El mármol del templo brillaba bajo la luz de las lámparas de aceite. El aire olía a incienso y pergamino, el aroma de un mundo que ahora le parecía ajeno. Marco tenía apenas quince años y sostenía un cuenco de bronce entre sus manos sudorosas. Frente a él, los augures trazaban símbolos en la arena.

—Los signos son claros —dijo uno de los sacerdotes, su túnica blanca ondeando con la brisa nocturna—. Marco Aelius Felix, la voluntad de los dioses te ha elegido. Formarás parte de la Cohors Arcana.

Su corazón se hinchó de orgullo. Roma lo había llamado. Él sería un Arcanista, un verdadero Incantator al servicio del Imperio. No lo dudó ni un instante cuando los sacerdotes pintaron inscripciones en su piel y le entregaron su primera vara de cobre. No podía imaginar entonces lo que significaba realmente. No podía imaginar la sangre, el horror, la guerra.

Marco arrancó la espina de su pierna con un rugido. La carne se desgarró, dejando un agujero palpitante. No tuvo tiempo para el dolor. A su alrededor, la batalla se descomponía en pedazos.

Un legionario joven, de no más de dieciséis años, se retorcía en el suelo con una lanza celta clavada en el vientre. Sus manos, pegajosas de sangre, intentaban empujar el hierro afuera, pero solo lograban hundirlo más. Los intestinos asomaban entre sus dedos como serpientes rosadas. A su lado, un veterano de la Décima Legión forcejeaba con un celta pintado de azul, los dedos del bárbaro clavados en sus ojos. El sonido de los globos oculares reventando fue un chasquido húmedo.

Marco pisó algo blando. La cara de un compañero, medio arrancada de un hachazo. Los dientes seguían intactos, blancos en medio de la carne magullada.

La niebla druida se movía como algo vivo.

—¡Formación, malditos! —gritó alguien.

Nadie obedeció.

El jinete sin cabeza emergió de la bruma, pero Marco ya sabía cómo iba esto. No era el primero que veía. La guadaña brillaba con un líquido espeso que olía a vinagre podrido. El caballo no tenía ojos, solo agujeros negros donde deberían estar, y al respirar, salía vapor de su pecho como si dentro llevara fuego.

Un recluta de la XII Legion se orinó. El olor a orina caliente se mezcló con el de la sangre.

—¡No es real! —chilló un optio, pero su voz se quebró cuando el jinete pasó sobre dos soldados que intentaban huir. No los tocó. No los cortó. Simplemente… dejaron de moverse. Cayeron de rodillas, la piel gris, los labios morados. Muertos sin una herida.

Marco escupió. Sabía el truco. Los druidas robaban el aliento, el calor, la vida.

—Veritas revelatur —masculló, soplando el polvo de mármol.

El aire crujió. El jinete se desvaneció, pero los dos legionarios seguían muertos. Ahora sus bocas estaban llenas de espinas negras.

—¡Mierda! —Alguien vomitó.

El templo olía a incienso y a la piedra fría de los antiguos dioses. Marco tenía apenas ocho años y observaba con admiración cómo su padre, vestido con la toga de los sacerdotes, dibujaba un círculo de mármol triturado en el suelo del santuario. Sus manos eran firmes, seguras, mientras esparcía el polvo con la precisión de alguien que conocía bien su oficio.

—Toda ilusión es como el humo, Marco —dijo el sacerdote, con su voz profunda pero amable—. Si soplas lo suficiente, desaparece. Veritas revelatur.

Dibujó un símbolo con su bastón y, como si una brisa invisible hubiera cruzado la sala, las sombras en las esquinas se desvanecieron, dejando ver que no eran más que efectos de la luz de las lámparas de aceite.

—¿Y si la ilusión es muy fuerte? —preguntó Marco, fascinado.

Su padre sonrió y le revolvió el cabello con afecto.

—Entonces sopla más fuerte.

Marco avanzó entre el caos. El suelo temblaba bajo sus pies, empapado de sangre y restos humanos. A su izquierda, un incantator de la Orden de Neptuno gritaba sus propios conjuros, pero el agua no funcionaba bien contra los celtas.

A la derecha, un grupo de arcanistas de Apolo intentaban salvar a un centurión. Sus manos brillaban sobre el agujero en su pecho, pero la carne no se cerraba. Algo en la herida —quizá ars arcana druida— se lo impedía. El hombre murió escupiendo dientes.

Marco siguió adelante.

Entonces el aire se llenó de crujidos.

Los Silvanorum Ferales emergieron de la niebla, pero no como árboles, sino como cadáveres de bosque. Sus troncos estaban cubiertos de caras humanas retorcidas, restos de legionarios absorbidos. Una boca se abrió en la corteza del más cercano y escupió un chorro de ácido. Tres soldados cayeron, la carne derritiéndose de sus huesos.

—¡Testudinem! ¡A mí! —Marco no reconoció su propia voz.

Los legionarios que respondieron no eran veinte. Eran ocho. Uno de ellos tenía el brazo izquierdo colgando de un tendón. Formaron el escudo alrededor de Marco, pero sus ojos decían la verdad: no durarían.

Marco dibujó el círculo de azufre con manos que ya no temblaban. El eslabón golpeó el pedernal. Las chispas prendieron.

—Flamma, exardescas in furia deorum…

El primer Silvanorum llegó. Un escudo se partió en dos. El legionario detrás de él gritó cuando una raíz le atravesó la boca y salió por la nuca.

—¡…et in hostes nostros fulgura!

El segundo monstruo arrancó un brazo de un mordisco. El hombre, en shock, miró su hombro sangrante antes de caer de rodillas.

—¡In nomine ignis!

Alguien le agarró el tobillo a Marco. Era el legionario del brazo colgante. Le faltaba media cara. Murió arrastrándose hacia él.

—¡Ignis fiat!

El celta apareció de la nada. Su espada brilló. Marco sintió el filo rozar su costilla antes de gritar:

—¡Ignis ultor!

El fuego lo salvó. La bola de llamas redujo al celta a ceniza y al primer Silvanorum a astillas ardientes.

Pero cuando miró al cielo, supo la verdad.

Las otras bolas de fuego no eran refuerzos.

Eran últimos recursos.

Las espadas chocaban en el patio de entrenamiento. El sonido del metal resonaba en el aire mientras Marco intentaba mantener el ritmo. Su gladius era ligera, pero los legionarios eran implacables. Cada embate de sus compañeros lo hacía tambalearse.

—¡Más rápido, Incantator! —rugió el centurión, observando con los brazos cruzados.

Marco apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que uno de los legionarios le lanzara una estocada directa al torso. Elevó su escuto a tiempo, pero el impacto le entumeció el brazo. Tropezó hacia atrás, jadeando.

—¡Mantente firme! —el centurión avanzó hacia él y lo empujó con una mano firme en el hombro—. No importa cuántos conjuros conozcas, si te fallan en medio de la batalla, esta es tu única defensa.

Marco tragó saliva y alzó nuevamente su espada. Su destino no era el de un simple soldado, pero la guerra no diferenciaba entre Incantatores y legionarios. Si quería sobrevivir, tenía que aprender. Pensó en sus padres, en los dioses que lo observaban. No se permitiría fracasar.

A lo lejos, un incantator anciano se prendió fuego voluntariamente para lanzar su hechizo. Otro, con la túnica hecha jirones, se clavó su propia daga en el corazón para potenciar el conjuro.

No ganaban.

Se sacrificaban.

Marco desenvainó su gladius. La hoja reflejó el infierno alrededor.

Un barbaró llegó corriendo.

El celta atacó, su espada silbando como un látigo. Marco apenas giró a tiempo—el filo le abrió un surco en el hombro, caliente y profundo. La sangre le chorreó por el peto, pegándole la túnica a la piel.

El guerrero sonrió, mostrando dientes afilados. No llevaba armadura, solo pieles manchadas de barro y pinturas de guerra azules. Olía a sebo rancio y a hierbas amargas.

Marco retrocedió, pisando algo blando—una mano cercenada, los dedos todavía crispados. El celta aprovechó para lanzar un tajo lateral. Marco bloqueó con el escudo, pero el impacto le entumeció el brazo hasta el codo.

Demasiado rápido. Demasiado fuerte.

El dolor en su hombro le recordó que no era invencible.

—¡Incantator! —gritó alguien a sus espaldas.

No miró. No podía.

El celta volvió a la carga, esta vez con un golpe descendente que buscaba partirle el cráneo. Marco se lanzó hacia adelante, dentro del arco del ataque, y le clavó el codo en la garganta. El guerrero tosió, retrocediendo. Fue suficiente.

Marco levantó la gladius y la estrelló contra el suelo.

—¡Ignis accendatur!

El azufre residual explotó en una nube amarillenta. El metal de la espada se puso al rojo vivo en un instante, el calor chamuscándole las cejas. El celta parpadeó, confundido—

—Demasiado tarde.

Marco embistió. La hoja incandescente perforó el pecho desnudo del guerrero como mantequilla. La carne chisporroteó, soltando un humo grasiento. El hombre gritó, pero el sonido se ahogó en sangre y vapor. Sus ojos se dilataron, mirando incredulos la espada que le salía del torso.

Marco retorció el arma antes de sacarla.

El cadáver cayó de rodillas, luego de frente. La herida seguía crepitando, los bordes carbonizados. El olor a carne quemada y pelo chamuscado se mezcló con el hedor de la batalla.

Marco respiró hondo. La gladius aún brillaba, pero el fulgor se apagaba. Le ardía la mano—las ampollas ya empezaban a formarse en su palma.

No importaba.

Más allá, los Silvanorum Ferales seguían avanzando.

Era una noche fría, con el crepitar del fuego llenando la habitación de sombras titilantes. Su padre, con el rostro solemne, le habló de su abuelo, un Arcanista de Roma, un hombre cuyo último acto fue un sacrificio supremo.

—No lo vi con mis propios ojos, hijo —dijo su padre, su voz grave y solemne—, pero los hombres que pelearon a su lado me lo contaron. Dicen que cuando todo estaba perdido, cuando los escutos se quebraban y los legionarios caían, él se alzó entre las filas, con el rostro cubierto de sangre y la mirada de un hombre que ya había decidido su destino. Clavó su vara en la tierra empapada de muerte y extendió los brazos al cielo, como si invocara la furia de los dioses.

—El viento rugió, hijo, y los enemigos se detuvieron, sintiendo en sus huesos el peso de lo que estaba por venir. Su cabello ennegrecido se volvió blanco en un parpadeo, su piel se secó y su carne se quebró como una estatua antigua expuesta al tiempo. Y cuando su último aliento escapó de sus labios, el cielo ardió. Dicen que la luz fue tan brillante que cegó a todos, que el fuego se alzó como un mar devorador y redujo a los bárbaros a cenizas en un solo instante. Cuando la tempestad se disipó, solo quedó el eco de su nombre en la memoria de los supervivientes. Fue su sacrificio lo que nos dio la victoria, su poder el que mantuvo a Roma en pie.

La niebla no era niebla ya, sino sangre evaporada, roja y espesa, que se pegaba a la piel como sudor de agonía. Los últimos legionarios formaban un círculo quebrado, escudos hendidos, espadas melladas. Uno de ellos lloraba en silencio, los dedos aferrados a un vientre abierto donde asomaban tripas azules. Otro se aferraba a su brazo izquierdo, o lo que quedaba de él—una masa de carne triturada y astillas de hueso.

Y ante ellos, el coloso.

Los restos de los Silvanorum Ferales se retorcían, fusionándose en una abominación de corteza y carne. Rostros humanos sobresalían de su tronco, bocas mudas gritando en éxtasis de dolor. Las raíces no eran raíces, sino venas hinchadas de savia negra, que se arrastraban hacia los romanos como garras de un ahogado.

Marco miró atrás.

Los legionarios retrocedían.

No por cobardía.

Por instinto.

Un optio joven—el mismo que horas antes había gritado órdenes con voz firme—tropezó con un cadáver. Cayó de rodillas, mirándose las manos ensangrentadas. No se levantó.

Marco no lo culparía.

Sacó el azufre.

El último puñado.

El ritual prohibido.

—"El fuego que nace de la carne no se apaga", había dicho el papiro etrusco.

Su padre lo había quemado después de leerlo.

Pero Marco lo había memorizado.

—Ignis Aeternum.

El sabor fue como morder brasas. El azufre le quemó la lengua, la garganta, el estómago. Demasiado tarde para vomitar.

El dolor llegó después.

Como si le hubieran clavado un hierro al rojo en la médula.

Su piel se partió, revelando fuego vivo en las grietas. El aire alrededor suyo hirvió. Un druida alzó las manos, gritando un conjuro de hielo.

Los copos se evaporaron antes de tocarlo.

Marco saltó.

O intentó saltar.

Sus piernas se deshicieron en ceniza al primer paso.

No importaba.

El coloso arbóreo alzó un brazo monstruoso para aplastarlo—

—Demasiado tarde.

Marco se estrelló contra su centro, lo que quedaba de sus brazos abrazando la corteza.

—Flamma Ultima!

No hubo explosión.

Solo luz.

Blanca.

Pura.

Como el primer fuego del mundo.

Los druidas no tuvieron tiempo de gritar.

Los Silvanorum se iluminaron por dentro, como antorchas de pergamino, antes de desintegrarse.

Los legionarios cayeron al suelo, cegados.

Durante un instante eterno, todo fue silencio.

Luego, el viento.

Llevándose las cenizas de Marco Aelius Felix.

Entre los escombros humeantes, su vara de cobre yacía intacta.

El centurión Lucio, su amigo desde la infancia, la recogió con manos que no dejaban de temblar. La vara no estaba caliente. No estaba fría. Era como sostener un latido.

—Te llevaré a casa, —prometió en voz baja, aunque sabía que no era cierto. Roma no enterraba a los Incantatores caídos. Sus nombres se escribían en papiros que se quemaban en el Templo de Vulcano, para que el humo los llevara a los dioses.

Pero Lucio guardó la vara bajo su capa. Allí, donde nadie la viera.

martes, 23 de septiembre de 2025

Fanfilms: Alien (Monday), Logan the Wolf y Star Wars: Echoes of Darkness

Aprovecho de recomendarles diferentes fanfilms (cortometrajes hechos por fans... obvio) disponibles en Youtube, y con subtitulos:

  Alien (Monday): Animacion de terror.

  Logan the Wolf: Sobre el X-man favorito de la mayoria.

  Echoes of Darkness: Mediometraje sobre Star Wars, muy bueno.