El 20 de julio de 1969, el mundo vio, en una borrosa transmisión
televisual de baja resolución, cómo Neil Armstrong bajaba del módulo de
descenso lunar Eagle y se convertía en el primer hombre que pisaba otro
cuerpo celeste.
Era el legado del presidente John F. Kennedy, que ocho años atrás le
había fijado esa meta a su país para vencer en la competencia con o que
era la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) conocida como
“la carrera espacial”.
El desarrollo científico y tecnológico apuntaba claramente a principios
del siglo XX a los viajes espaciales. En palabras del visionario ruso
Konstantin Tsiolkovsky: “Un planeta es la cuna de la mente, pero el
hombre no puede vivir en la cuna eternamente”. Tsiolkovsky, a su vez,
inspiró al alemán Hermann Oberth, creador del motor de cohetes de
combustible líquido, y al estadounidense Robert H. Goddard, que hizo
numerosos lanzamientos de pequeños cohetes.
Sin embargo, el esfuerzo por alcanzar el espacio requería de recursos
tan abundantes que sólo era viable como emprendimiento nacional, no como
esfuerzo personal. Y las potencias económicas y militares lo empezaron a
ver viable al descubrir determinaron que podía tener valor estratégico y
militar.
El disparador final para la exploración espacial fue la “guerra fría”
entre la URSS y los Estados Unidos, una confrontación por el dominio
político, militar y económico que se desarrolló inmediatamente después
de la Segunda Guerra Mundial y duró hasta 1989. Esta confrontación
convirtió a las hazañas espaciales, además, en fuente de orgullo
nacional y en una herramienta de propaganda en la guerra ideológica
entre comunismo y capitalismo.
En 1955, ambas superpotencias habían anunciado su decisión de emprender
ambiciosos programas espaciales, pero fue la URSS la que obtuvo los
primeros triunfos al poner en órbita el primer satélite artificial, el
Sputnik I en 1957 y al primer ser humano, Yuri Gagarin, en 1961.
El primer acontecimiento se había dado en la segunda presidencia de
Dwight D. Eisenhower, héroe de la segunda guerra y comandante en jefe de
los ejércitos aliados en la invasión de Europa. El resultado inmediato
fue que el presidente Eisenhower aceptara la creación de una agencia
espacial civil, el Consejo Nacional de Aeronáutica y del Espacio,
propuesto por el líder de la mayoría del senado, Lyndon B. Johnson. Sin
embargo, Eisenhower no dio demasiada importancia al consejo,
considerando que el espacio no era tan importante.
El segundo había ocurrido en el cuarto mes del mandato de Kennedy, el
demócrata que había derrotado en las urnas a Richard Nixon, el delfín
elegido personalmente por Eisenhower. Sólo cinco días después del vuelo
de Gagarin, un grupo de contrarrevolucionarios anticastristas lanzaron,
con apoyo de Estados Unidos una desastrosa invasión en Bahía de Cochinos
o Playa Girón, en la costa Sur de Cuba, derrotada en sólo tres días.
El inicio de la administración del joven presidente no podía haber sido
peor. Como parte de la reacción inmediata de su gobierno, y con la
asesoría de su vicepresidente, el mismo Lyndon B. Johnson, al que
Kennedy había nombrado presidente del consejo, presentó una propuesta
al senado el 25 de mayo de 1961. Informó que habían evaluado las
fortalezas y debilidades del programa espacial estadounidense y que,
estando conscientes de la ventaja que llevaba la URSS con sus cohetes,
debían fijarse una serie de metas, entre las que estaba la de llevar a
un hombre a la Luna antes del fin de la década.
Cada meta propuesta por Kennedy exigía que el senado aprobara
presupuestos sin precedentes. Para el desarrollo de mejores cohetes,
incluyendo un proyecto que utilizaba energía nuclear, 23 millones de
dólares. Para acelerar el uso de satélites de comunicaciones a nivel
mundial, 50 millones de dólares, para crear un sistema de satélites
meteorológicos a nivel mundial, 75 millones de dólares más.
La factura total era estremecedora para la época: 531 millones de
dólares (3 mil millones de euros a valor de hoy) para el ejercicio de
1962 y entre 7 y 9 mil millones de dólares (entre 40 y 52 mil millones
de euros) durante los siguientes cinco años. Y las cifras reales a lo
largo de los siguientes años demostrarían ser muchísimo más elevadas.
La petición de Kennedy cerraba con una afirmación contundente. “Si sólo
vamos a la mitad del camino, o reducimos nuestras miras frente a las
dificultades, según mi criterio sería mejor ni siquiera intentarlo”.
El senado aprobó las solicitudes de Kennedy, y los primeros frutos se
vieron el 20 de febrero de 1962, cuando se consiguió poner al primer
astronauta estadounidense en órbita, John Glenn.
Fue con la certeza de que el programa espacial estaba en buen camino y
que había posibilidades de superar a la URSS en la carrera espacial si
los Estados Unidos fijaban la meta en vez de dejar que cada logro en la
competencia fuera una sorpresa independiente, que Kennedy ofreció uno de
los principales discursos de su breve presidencia el 12 de septiembre
de 1962 en el estadio de la Universidad de Rice en Houston, Texas, el
estado donde sería asesinado trece meses después.
En ese discurso, Kennedy hizo un resumen del avance científico humano en
los últimos 50 mil años, desde la domesticación de los animales hasta
los logros de Newton, la penicilina y las misiones espaciales en curso
en esos mismos días, utilizando como comparación un período de 50 años,
quizá un antecedente del famoso reloj cósmico de Carl Sagan.
“Elegimos ir a la Luna en esta década y hacer las otras cosas no porque
sean fáciles, sino porque son difíciles”, tal es la frase más conocida
de ese discurso, la que de alguna forma convenció al estadounidense
medio que el esfuerzo espacial valía la pena... ese mismo estadounidense
que años después aplaudiría las sucesivas reducciones del presupuesto
espacial hasta dejar a los Estados Unidos sin un vehículo capaz de poner
seres humanos en órbita, dependiendo de las Soyuz creadas por la URSS.
El asesinato de Kennedy convirtió en presidente a Lyndon B. Johnson, el
entusiasta del espacio, pero, paradójicamente, quien celebraría la
llegada a la Luna sería Richard Nixon, que había vuelto de su derrota
ante Kennedy para obtener la presidencia en ese mismo 1969, recogiendo
los frutos del árbol de su viejo oponente.
La promoción de la ciencia
Kennedy nombró por primera vez a un científico para un puesto
gubernamental, Glenn Seaborg, el descubridor del plutonio y Premio Nobel
de 1951, como presidente de la Comisión para la Energía Atómica, además
de ser miembro del Comité de Asesoría Científica del presidente. |