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jueves, 16 de abril de 2026

Una con treinta y seis minutos (minicuento)



 Un minicuento de mi autoria, en el universo de la AGIAT:



No sé cuánto tiempo llevaba allí, parado en la estación de trenes, esperando la llegada de mi esposa. Cada nuevo tren que llegaba despertaba mi esperanza y aceleraba mi corazón, solo para decepcionarme al ver que la dueña de mi corazón no aparecía, bajaban todos los que necesitaban bajar, menos ella.

Eché una mirada a mi reloj, olvidando que ya era inútil. Se había estropeado hace algún tiempo atrás, no recordaba con exactitud cuanto, las manecillas indicaban siempre la misma hora: la una con treinta y seis minutos, y mi esposa seguía sin llegar.

Miré nuevamente a las vías del tren, que en aquel momento estaban vacías, y no había ningún tren anunciado por los próximos 10 minutos, reprimí el impulso de mirar ―inútilmente― mi reloj, sabiendo que marcaría la misma hora de antes. Y a través de las vías vi avanzar a una mujer, joven, con un vestido azul y aspecto confundido, la vi tropezar y caer, y yo corrí para ayudarla, y para apartarla de las vías férreas por el peligro, aunque no había ningún tren a la vista.

―¿Está bien? ―La ayudé a incorporarse, y vi que su rostro mostraba una mezcla de emociones, miedo, quizás pánico, también confusión.

―¡Oh! ¿Puede verme? ¿En realidad puede verme?

―Por supuesto ¿Se siente bien? ¿Necesita ayuda?

―Si… no, ¿no se da cuenta? Yo estoy muerta ―Al ver mi expresión repitió― Estoy muerta, morí hace… no sé cuánto tiempo.

―¡Pero si usted no está muerta! ¡No sé de dónde saco eso! Mire, puedo tocarla sin problemas.

Toque su brazo, se sentía normal, la tela de su vestido, su piel, nada había de anormal en ella, y a pesar de eso insistía en que estaba muerta.

―Fui atropellada por un tren, fue un accidente, fui descuidada ―sollozó― Nunca pensé que… nunca pensé.

Y ocultó el rostro entre sus manos, no sabía que decirle así que en un impulso la abrace. Mientras pensaba en cómo sacarla de su error, un hombre caminaba hacia nosotros, distraído mirando su reloj.

El hombre nos atravesó a ambos, sin detenerse, como si fuéramos de aire.

Como si no estuviéramos ahí.