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jueves, 2 de agosto de 2018

miércoles, 25 de julio de 2018

En un nuevo aniversario de la llegada del hombre a la Luna, un poco de historia


Ir al espacio era una idea natural. Ir a la Luna fue una decisión política de John F. Kennedy que marcó el rumbo de gran parte de la investigación científica durante décadas.

Icónica imagen de la Tierra sobre el horizonte de la Luna
tomada el 20 de julio de 1969 por la tripulación del
Apolo XI (Foto D.P. Nasa, vía Wikimedia Commons)
 
 
 
El 20 de julio de 1969, el mundo vio, en una borrosa transmisión televisual de baja resolución, cómo Neil Armstrong bajaba del módulo de descenso lunar Eagle y se convertía en el primer hombre que pisaba otro cuerpo celeste.

Era el legado del presidente John F. Kennedy, que ocho años atrás le había fijado esa meta a su país para vencer en la competencia con o que era la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) conocida como “la carrera espacial”.

El desarrollo científico y tecnológico apuntaba claramente a principios del siglo XX a los viajes espaciales. En palabras del visionario ruso Konstantin Tsiolkovsky: “Un planeta es la cuna de la mente, pero el hombre no puede vivir en la cuna eternamente”. Tsiolkovsky, a su vez, inspiró al alemán Hermann Oberth, creador del motor de cohetes de combustible líquido, y al estadounidense Robert H. Goddard, que hizo numerosos lanzamientos de pequeños cohetes.

Sin embargo, el esfuerzo por alcanzar el espacio requería de recursos tan abundantes que sólo era viable como emprendimiento nacional, no como esfuerzo personal. Y las potencias económicas y militares lo empezaron a ver viable al descubrir determinaron que podía tener valor estratégico y militar.

El disparador final para la exploración espacial fue la “guerra fría” entre la URSS y los Estados Unidos, una confrontación por el dominio político, militar y económico que se desarrolló inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial y duró hasta 1989. Esta confrontación convirtió a las hazañas espaciales, además, en fuente de orgullo nacional y en una herramienta de propaganda en la guerra ideológica entre comunismo y capitalismo.

En 1955, ambas superpotencias habían anunciado su decisión de emprender ambiciosos programas espaciales, pero fue la URSS la que obtuvo los primeros triunfos al poner en órbita el primer satélite artificial, el Sputnik I en 1957 y al primer ser humano, Yuri Gagarin, en 1961.

El primer acontecimiento se había dado en la segunda presidencia de Dwight D. Eisenhower, héroe de la segunda guerra y comandante en jefe de los ejércitos aliados en la invasión de Europa. El resultado inmediato fue que el presidente Eisenhower aceptara la creación de una agencia espacial civil, el Consejo Nacional de Aeronáutica y del Espacio, propuesto por el líder de la mayoría del senado, Lyndon B. Johnson. Sin embargo, Eisenhower no dio demasiada importancia al consejo, considerando que el espacio no era tan importante.

El segundo había ocurrido en el cuarto mes del mandato de Kennedy, el demócrata que había derrotado en las urnas a Richard Nixon, el delfín elegido personalmente por Eisenhower. Sólo cinco días después del vuelo de Gagarin, un grupo de contrarrevolucionarios anticastristas lanzaron, con apoyo de Estados Unidos una desastrosa invasión en Bahía de Cochinos o Playa Girón, en la costa Sur de Cuba, derrotada en sólo tres días.

El inicio de la administración del joven presidente no podía haber sido peor. Como parte de la reacción inmediata de su gobierno, y con la asesoría de su vicepresidente, el mismo Lyndon B. Johnson, al que Kennedy había nombrado presidente del consejo, presentó una propuesta al senado el 25 de mayo de 1961. Informó que habían evaluado las fortalezas y debilidades del programa espacial estadounidense y que, estando conscientes de la ventaja que llevaba la URSS con sus cohetes, debían fijarse una serie de metas, entre las que estaba la de llevar a un hombre a la Luna antes del fin de la década.

Cada meta propuesta por Kennedy exigía que el senado aprobara presupuestos sin precedentes. Para el desarrollo de mejores cohetes, incluyendo un proyecto que utilizaba energía nuclear, 23 millones de dólares. Para acelerar el uso de satélites de comunicaciones a nivel mundial, 50 millones de dólares, para crear un sistema de satélites meteorológicos a nivel mundial, 75 millones de dólares más.

La factura total era estremecedora para la época: 531 millones de dólares (3 mil millones de euros a valor de hoy) para el ejercicio de 1962 y entre 7 y 9 mil millones de dólares (entre 40 y 52 mil millones de euros) durante los siguientes cinco años. Y las cifras reales a lo largo de los siguientes años demostrarían ser muchísimo más elevadas.

La petición de Kennedy cerraba con una afirmación contundente. “Si sólo vamos a la mitad del camino, o reducimos nuestras miras frente a las dificultades, según mi criterio sería mejor ni siquiera intentarlo”.

El senado aprobó las solicitudes de Kennedy, y los primeros frutos se vieron el 20 de febrero de 1962, cuando se consiguió poner al primer astronauta estadounidense en órbita, John Glenn.

Fue con la certeza de que el programa espacial estaba en buen camino y que había posibilidades de superar a la URSS en la carrera espacial si los Estados Unidos fijaban la meta en vez de dejar que cada logro en la competencia fuera una sorpresa independiente, que Kennedy ofreció uno de los principales discursos de su breve presidencia el 12 de septiembre de 1962 en el estadio de la Universidad de Rice en Houston, Texas, el estado donde sería asesinado trece meses después.

En ese discurso, Kennedy hizo un resumen del avance científico humano en los últimos 50 mil años, desde la domesticación de los animales hasta los logros de Newton, la penicilina y las misiones espaciales en curso en esos mismos días, utilizando como comparación un período de 50 años, quizá un antecedente del famoso reloj cósmico de Carl Sagan.

“Elegimos ir a la Luna en esta década y hacer las otras cosas no porque sean fáciles, sino porque son difíciles”, tal es la frase más conocida de ese discurso, la que de alguna forma convenció al estadounidense medio que el esfuerzo espacial valía la pena... ese mismo estadounidense que años después aplaudiría las sucesivas reducciones del presupuesto espacial hasta dejar a los Estados Unidos sin un vehículo capaz de poner seres humanos en órbita, dependiendo de las Soyuz creadas por la URSS.

El asesinato de Kennedy convirtió en presidente a Lyndon B. Johnson, el entusiasta del espacio, pero, paradójicamente, quien celebraría la llegada a la Luna sería Richard Nixon, que había vuelto de su derrota ante Kennedy para obtener la presidencia en ese mismo 1969, recogiendo los frutos del árbol de su viejo oponente.

La promoción de la ciencia

Kennedy nombró por primera vez a un científico para un puesto gubernamental, Glenn Seaborg, el descubridor del plutonio y Premio Nobel de 1951, como presidente de la Comisión para la Energía Atómica, además de ser miembro del Comité de Asesoría Científica del presidente.


Fuente: Los expedientes Occam

viernes, 13 de julio de 2018

En un día como hoy…






"La tierra está degenerando en la actualidad. El soborno y la corrupción abundan. Los niños ya no obedecen a sus padres, cada uno quiere escribir un libro, y es evidente que el fin del mundo se está acercando rápidamente."

~ Tableta Asiria, c.2800 AC

domingo, 1 de julio de 2018

Confinement: estupenda fan-serie animada de terror y humor


Creada por Lord Bung, y subtitulada al español, para los fans de la Fundación SCP, e incluso para quienes no la conozcan, son una serie de cortos muy bien animados y bastante divertidos, aunque obviamente los primeros si captaran la mayoría de las referencias.



El original:



Las traducciones:  







Hay cinco en total traducidas en su canal.

jueves, 21 de junio de 2018

Reggaetón Cristiano (o más bien católico ultraconservador)


Sin el sexismo, misoginia y cosificación/sexualización de la mujer, pero con un bonito mensaje pro-familia, pro-abstinencia, pro-virginidad y pro-lapidación de las mujeres divorciadas.

… Un momento.


miércoles, 6 de junio de 2018

Michelle Remembers, la historia de un culto satánico


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A principios de los 80 los temas de los abusos y las sectas satánicas estaban en auge. Esto fue un temor, especialmente prevalente entre los habitantes de los suburbios de clase media, que los grupos de cultistas satánicos secuestraban a los niños con el fin de abusar de ellos en el curso de rituales extraños y malignos.
 
Suena increíblemente inverosímil y lo es, pero millones de padres de otro modo racionales estaban aterrorizados de que sus hijos podrían ser objetivo de los adoradores de Satanás (o pedófilos) que supuestamente tenían algún tipo de red organizada. Esto era relativamente común... Mucha culpa de este pánico generalizado lo puede tener un famoso libro americano: "Michelle Remembers (Michelle recuerda)", escrito por Lawrence Pazder y publicado en noviembre de 1980, considerado como un hecho real. En el libro, Pazder, un psiquiatra de Victoria, Canadá, documentó su tratamiento con una paciente adulta llamada Michelle Smith, que recordaba abuso sexual en su infancia horrible en Victoria en la década de 1950.
 
Bajo hipnosis Michelle recordó rituales extraños, muchos que ocurren en una habitación en el sótano y en un cementerio, que emplea cuchillos, masoquismo, violación y asesinato. En un momento dado, Michelle dijo que se metieron en un auto con el cadáver de una víctima muerta de los satanistas, y el coche se estrelló a propósito. También afirmó que tuvo que soportar 81 días consecutivos de abuso en una maratón de ritual en la que los miembros del culto convocaron al mismo Satanás. Michelle delató a su madre como uno de los instigadores de este abuso. La madre, Victoria Proby, murió en 1964 de cáncer.
 
"Michelle Remembers" fue una gran sensación cuando apareció en la escena literaria en 1980, que corrió como la pólvora en los grupos cristianos hasta el punto de que el mismo Vaticano se interesó por el tema. Por ahora Pazder estaba casado con Michelle Smith, y el equipo de marido y mujer se fue en una gira publicitaria para promocionar el libro que tuvo mucho éxito, obteniendo artículos en publicaciones de los medios de masas. Las alegaciones de una red organizada de satanistas en toda América del Norte, que secuestraba a los niños e hizo esas cosas horribles eran demasiado polémicas para no tener atención. Pazder comenzó a consultar otros casos en los que las personas se manifestaron y alegaron que recordaban el abuso sexual de su infancia. De repente, parecía que había información suficiente para corroborar que las sectas organizadas de satanistas estaban por EE.UU. y Canadá desde hace décadas y cometían actos horribles con niños.

 
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Titulares como este eran comúnes en esa época...

 
El cementerio de Ross Bay, en Victoria, BC, fue identificado en "Michelle Remembers" como uno de los lugares donde se produjo el abuso. Sin embargo, las descripciones de lo que ocurrió allí no tienen sentido a la luz del lugar real. Al mismo tiempo, sin embargo, una segunda historia se estaba desarrollando. Incluso antes de que el libro salió un periodista de investigación en Canadá fue a Victoria para entrevistar a la familia y amigos de Michelle (a pesar de que la identidad y el domicilio de Michelle fue ocultado). El padre de Michelle, que todavía estaba vivo, refutó todas las alegaciones hechas en contra de esposa, alegando que era ridículo, y culpaba al psiquiatra de todo: "Fue la peor sarta de mentiras que una niña jamás podría compensar. El libro me tomó cuatro meses para leerlo, y lloré todo el tiempo. Me decía a mí mismo: 'Dios mío, cómo alguien puede hacer esto a su madre muerta?' "Nunca hubo una mujer en esta tierra que trabajó más duro para sus hijas. No hubo culto de ningún tipo. Le pedí a mi abogado si podría demandar".
 
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Curiosamente el libro no contenía ninguna referencia a los hermanos de Michelle; ¿por qué no eran también objetivos de la secta? Había muy poca evidencia que corroborara el abuso y no hay testigos directamente en su historia. Sin embargo algunos medios daban por verdadera toda la historia. En 1983 EE.UU estaba inundado de alegaciones de abusos satánicos. El más terrible de ellos vino de un preescolar en el sur de California. Una mujer afirmó, con pruebas muy endebles, que su hijo fue abusado por el ex marido de la mujer, una maestra de la escuela McMartin. Las autoridades investigaron y llamaron a los trabajadores sociales para entrevistar a los estudiantes de la escuela. En última instancia 360 de ellos afirmaron que habían sido objeto de abusos.
 
Sin embargo, los métodos de los investigadores eran bastante vagos; a través de preguntas muy destacadas e interpretaciones de testimonios a veces incoherentes. Un niño identificó una fotografía del actor Chuck Norris como uno de sus abusadores; Norris nunca tuvo ninguna conexión concebible con el caso, lógicamente. Otros niños hablaron de túneles subterráneos debajo de la escuela y que los maestros volaban alrededor de toda la habitación. Es evidente que algo estaba mal, pero la fiscalía siguió adelante de todos modos.

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Otra portada posterior



Siete personas asociadas con McMartin fueron acusadas ​​de abuso infantil. Un período de investigación condujo hasta el juicio; durante este período de un fiscal de distrito retiró los cargos contra cinco de los siete acusados. El caso contra los dos restantes se adelantó. Lawrence Pazder y Michelle Smith fueron los consultores de los padres de los niños. El juicio se hizo largo y las víctimas se redujeron a 48. El jurado absolvió a uno de los acusados, Peggy McMartin Buckey, y no pudo llegar a un veredicto con respecto al otro, Ray Buckey; once de los trece miembros del jurado votaron para absolverlo, pero dos eran intransigentes. Finalmente, el Estado renunció a tratar de condenar a Buckey que ya había pasado cinco años en prisión a pesar de no haber sido condenado por nada. En los años después, los acusadores niños crecieron y muchos indicaron claramente que su testimonio había sido forzado, que sabían que estaba mal en ese momento pero querían complacer a sus padres y los investigadores.

Sorprendentemente, aun cuando el juicio se acercaba a su fin, los medios de comunicación todavía estaban tratando "Michelle Remembers" como un hecho real. En 1990, cuando el desastre de la escuela McMartin llegaba a su fin, otra ronda de investigaciones de la prensa sondeó el libro, y comenzaron a desmentir todo. El accidente de coche que Michelle afirmó haber tenido nunca fue registrado por la policía de Victoria. Por otra parte, alguien tiró de los registros escolares de Michelle de 1955 y descubrió que estaba asistiendo a la escuela durante el período de la supuesta maratón ritual de 81 días. No hay evidencia que sugiera la existencia de una vasta conspiración satánica para abusar de niños. Lawrence Pazder respondió a estas revelaciones diciendo que lo que realmente sucedió fue menos importante que lo que creía que pasó, a pesar de ser un libro de memorias reales.

El Dr. Andrew Gillespie, que era el médico de la familia, dijo: "Creo que ella tiene una imaginación demasiado activa, nunca noté nada raro." Todas las pruebas dictaminaban que Michelle, por alguna razón (¿la fama simplemente?), estaba mintiendo sobre "sus memorias" a Pazder. Además la Real Policía Montada de Canadá dijo que nunca ha habido una acusación en Victoria por prácticas satánicas. Y un autor canadiense que es un experto en lo oculto, Jean Kozocari, dijo: "Nunca hubo ninguna Satanismo en Victoria en la década de 1950". Pazder murió en 2004, alejado de este escándalo, el alegó cuando le preguntaron años más tarde sobre el libro: "Sí, es una experiencia real. Si usted habla con Michelle hoy en día, va a decir, 'Eso es lo que recuerdo. Todavía deja la cuestión abierta. Para ella era muy real. Todos los casos que oigo están llenos de escepticismo no obstante. Usted tiene que completar un largo curso de terapia antes de poder llegar a conclusiones. Todos estamos ansiosos por probar o refutar lo que pasó, pero al final eso no importa, para ella era real".
 
El abuso ritual satánico, no obstante, es un episodio de histeria colectiva. Unas pocas personas por ahí todavía creen en esta clase de rituales satánicos. Este, al menos, no lo es.

Fuente.

jueves, 24 de mayo de 2018

¿Cual es la verdadera historia del Santo Grial? ¿Cuales son sus origenes?


Pero, ¿qué es eso del grial y de dónde sale?


Si usted es de los que han perdido su tiempo leyendo a personajes como Enrique de Vicente, sabrá perfectamente que el grial es la copa que usó Jesucristo en la última cena... o que es una copa en la que José de Arimatea recogió la sangre de Jesucristo durante la crucifixión... o que es las dos cosas, da igual, lo importante es que la tal reliquia tiene potentísimos poderes mágicos y el que la encuentre va que arrea camino de dominar el mundo.

Eso dicen los ocultistas, pues.

Lástima, verdaderamente, que a los evangelistas bíblicos se les haya pasado anotar el detalle ése de José de Arimatea, recogiendo la sangre de Jesucristo en una copa, escena sin duda hollywoodesca y sabrosa.

También les gusta añadir a algunos que la misteriosona palabra "grial" es una especie de contracción absurda de "sangue royale", que en francés moderno es "sangre real". Esto puede tener que ver con la copa que contuvo la sangre de Cristo o con la línea "de sangre" de los hijos y nietos de Cristo hasta nuestros días.

Y, eso sí todos, gozan sugiriendo que al parecer los Templarios, o más bien los Pobres Caballeros del Templo de Jerusalén, una de tantas órdenes monástico-militares surgidas en tiempos de las cruzadas, encontraron el grial y lo traían de allá para acá.

Los templarios, a partir de su fundación como "pobres caballeros" en 1096, en la primera cruzada, pasaron a convertirse en poco tiempo en una organización que disponía de enorme riqueza y el favor del Papa. Tal riqueza y poder provocaron envidias crecientes, hasta que en 1307 el rey Felipe IV de Francia arrestó a todos, les aplicó horrendas torturas y los hizo confesar todo tipo de atrocidades heréticas. Felipe IV no se andaba con chiquitas, considerando que acusó también de horrendas herejías al Papa Bonifacio VIII. El caso es que después del arresto masivo de templarios en Francia, El Papa Clemente V, que al principio defendió a los templarios, se vio convencido por las confesiones y procedió a eliminar la orden entre 1308 y 1311. La riqueza de los templarios se la dividieron encantadas de la vida otras órdenes monástico-militares como los Hospitalarios y hasta allí quedó la cosa hasta que los ocultistas empezaron a tejer fantasías sobre el tema ya bien entrado el siglo XIX.

¿Y el grial?


Bueno, el grial en sí es un invento de un escritor de bestsellers.

No, no de Dan Brown, claro, sino de Chrétien de Troyes, un brillante francés del siglo XII, contador de historias de caballería que en gran medida puso las bases de las leyendas arturianas. Es autor de cuatro libros completos, entre ellos El caballero del león y El caballero de la carreta. En estos romances en verso, pone en el papel las historias de caballeros como Yvain (Gawain) o Lancelot (Lanzarote) que luego tendrían protagonismo en la leyenda arturiana. Hacia el final de su vida, alrededor de 1175, escribe Le Roman de Perceval ou le Conte du Graal (El romance de Perceval o el cuento del grial). La obra quedó inconclusa pues Chrétien falleció cuando llevaba 9000 líneas y cuatro autores trataron de terminarla (la edición de la Biblioteca Medieval Siruela El Cuento del grial de Chrétien de Troyes y sus Continuaciones incluye las cuatro, y es buenísimo). Por supuesto, el libro de Chrétien fue el que usó Wolfram von Eschenbach años después para componer su Parzival.

La historia de Chrétien tiene su origen, al parecer, en el relato celta de Peredur, el hijo de Evrawc. Las similitudes entre las historias son notables, pero no nos vamos a meter en los detalles de la historia, que es la de un joven que decide hacerse caballero y vive aventuras varias, sino solamente en el capítulo donde Chrétien inventa el grial.

En una de sus correrías, Perceval llega a la corte del Rey Pescador. Mientras cena, ve que pasa un paje con una lanza blanca con una gota de sangre que baja de la punta hasta la mano del paje, y luego dos pajes con dos candelabros de al menos diez brazos cada uno y, por supuesto (copio de la edición de Siruela arriba indicada):

Una doncella, hermosa, gentil y bien ataviada, que venía con los pajes, sostenía entre las dos manos un grial. Cuando allí hubo entrado con el grial que llevaba, se hizo una claridad tan grande, que las candelas perdieron su brillo, como les ocurre a las estrellas cuando sale el sol, o la luna. Después de ésta vino otra que llevaba un plato de plata. El grial, que iba delante, era de fino oro puro, en el grial había piedras preciosas de diferentes clases, de las más ricas y de las más caras que haya en mar y tierra; las del grial, sin duda superaban a todas las demás piedras.

Punto. Finis. Nada más.

El grial pasa un par de veces más ante Perceval sin que Chrétien considere oportuno darnos más datos sobre él, sobre todo porque el verdadero problema (lo que le traerá toda suerte de contratiempos al joven e ingenuo caballero en las páginas subsiguientes) no es el grial en sí, sino el no haber preguntado a quién se sirve con el grial. No sabe (ni tiene por qué saber, por cierto) que debe preguntar a quién se servía con el grial, y lógicamente no pregunta para no parecer zafio e ingenuo, lo cual resulta una involuntaria metida de pata monumental.

¿Existía una escena parecida en la historia de Peredur? Sí, pero en ella no hay grial. Durante la cena pasan dos jóvenes con una lanza gigantesca con tres regatos de sangre que caen de la punta al suelo, y luego dos doncellas con una gran bandeja entre ellas, en la cual había la cabeza de un hombre, rodeada de gran profusión de sangre. Si bien esto podría ser reminiscente de la historia de Juan Bautista y Salomé, no tiene nada que ver con el grial de Chrétien. El grial que usa Von Eschenbach, por su parte, es una piedra que alimenta.

O sea, que el inventor del grial como tal es Chrétien de Troyes. Y la descripción sinceramente no parece la de una copa, porque suena raro que la doncella la lleve con las dos manos, además de que en una copa no caben tantas piedras preciosas ni se ven con tanta claridad como para justificar el asombro de Perceval. Lo que hace que la mayoría de los estudiosos serios consideren que el "graal" de Chrétien es un "gradale" romano, una bandeja grande (y lo de la "sangue royale" viene quedando en el reino de la etimología ficción a contentillo del buhonero de misterios).

Ni copa ni cosa parecida, pues.

Al menos hasta que apareció Robert de Boron.

Paréntesis medieval


No es fácil imaginar la visión religiosa de la cristiandad del medioevo. La religión lo era todo, todo el tiempo, todo el día, todos los días, en todos los actos públicos y privados. Este hecho, esta presencia religiosa que todo lo impregna, se daba en un ambiente de superstición sin límites. ¿Qué tanto fanatismo se necesita para organizar una cruzada con entre 15 mil y 30 mil niños, todos menores de 12 años, para recuperar Jerusalén?

El medievo era el paraíso de los charlatanes, un lugar donde los productos más exitosos del medievo eran, precisamente, las reliquias, es decir, objetos o trozos de personas que, por su estrecha asociación con algún personaje de la cristiandad, se consideraban plenos de poderes mágicos, capaces de obrar milagros.

Las reliquias que rodaban por la Europa medieval eran verdaderamente un desafío a la capacidad de creer en lo que sea. En distintos templos, y llegadas por los caminos más raros, frecuentemente de la mano de algún antecesor de los paranormalólogos del siglo XXI, se podían contemplar unas gotas de leche de la virgen María, dientes de Cristo, pelo de Cristo, sangre de Cristo, astillas de la cruz (tantas, según algunos historiadores, que daban para fabricar varias cruces), trozos de los pañales de Cristo... ¡uf! Los monjes de Charrox incluso exhibían orgullosísimos el prepucio de Cristo. Lo más interesante es que la iglesia de Joannes Lateranensis en Roma también tenía el prepucio de Cristo. Y en el siglo XI había al menos tres cabezas de Juan Bautista rodando por ahí.

(Esto me recuerda una historia que no viene al caso, pero va: es sabido que la tumba del revolucionario mexicano Pancho Villa fue profanada y su cabeza robada, sin que haya aparecido a la fecha, aunque se sospecha que el profanador fue el coronel Francisco Durazo. El caso es que hubo vivos que vendieron varias veces la cabeza de Pancho Villa. Se cuenta que una vez uno de estos santos patrones de los investigadores de lo paranormal fue a ofrecerle la cabeza de Villa a un personaje político, y éste le respondió muy ofendido: "¡Qué me va a vender usted la cabeza de Villa, si yo la tengo, la compré el año pasado". A lo cual, el timador respondió usando esa agilidad mental que distingue al verdadero embustero: "Sï, jefe, pero ésta es de cuando Villa era niño".)

Vuelvo al medievo dejándole un saludo a mi general Villa.

Obviamente, la acumulación de reliquias por sí misma no servía para nada. Pero la posesión de una reliquia "interesante" por parte de un templo o monasterio, especialmente una reliquia que "hiciera milagros", era ante todo (y como hasta hoy) un negociazo. La llegada de fieles prestos a dar limosna hacían que una iglesia sin reliquia estuviera condenada a medrar en la pobreza mientras veía cómo sus vecinos se hacían ricos y famosos con una falange de San Judas Tadeo, una pluma del ala izquierda del arcángel Gabriel o la cabeza de Santa Anna, máxime si por las buenas o por las malas habían convencido a un par de aldeanos para que dijeran que la reliquia les había curado una pústula o cosa similar.

No por nada, en ese siglo XI las capillas privadas del Papa en Roma tenían el cordón umbilical y, ya dijimos, el prepucio de Cristo, un trozo de la cruz, las cabezas de San Pedro y San Pablo, el Arca de la alianza, las Tablas de Moisés, el cayado de Aarón, una urna de oro llena de maná, la túnica de la Virgen, varios elementos del fondo de armario de Juan Bautista, las cinco hogazas y los dos peces que multiplicó Cristo para alimentar a cinco mil el día del Sermón de la Montaña y la mesa usada en la última cena.

Ahora, entiéndase que no habiendo médicos, ni una comprensión siquiera de las dimensiones del tiempo que separaba a la gente del siglo XI de los tiempos bíblicos, no habiendo derecho a dudar o preguntar (so pena de ser considerado hereje, muy mala cosa, como descubrieron los Templarios), no habiendo libre debate, comunicaciones ni nada que no fuera sobarse el lomo de sol a sol y a misa los domingos, el ciudadano común y corriente (o, para ser precisos, el siervo feudal común y corriente) no tenía de otra que ponerse en las manos de los monjes y sus reliquias.

Robert de Boron


En la última década del siglo XII o la primera del XIII, Robert de Boron escribió el romance Joseph d'Arimathie, otra historia imaginaria de caballerías basada en el Perceval de Chrétien (ya hablamos aquí de cómo los mercachifles de lo esotérico confunden la fantasía con la realidad, precisamente al hablar del libro de Dan Brown y los que se subien al tren para cobrar).

La aportación de Boron a la narración de Perceval fue, precisamente, imaginar que el grial era la copa de la última cena, llevada por José de Arimatea de Tierra Santa a Gran Bretaña. Era otra vuelta de tuerca como la que había dado Von Eschenbach, en el proceso de apropiarse de la historia de Perceval.

Hasta ese punto de la historia, mil y tantos años después del inicio de la era cristiana, no existía ni un solo dato, ni una sola referencia histórica, ni una prueba siquiera de que el grial fuera otra cosa que una metáfora que se convirtió en mito para insertarse en el mundo mágico de la edad media. Todo lo cual es extraordinariamente interesante, pero en modo alguno es testimonio de hechos reales. Psicología, sociología, historia de la literatura, visión del mundo de una época y una región del mundo, todo eso es el grial.

Las ganas de hacer real el cuento vinieron mucho después... y de todos modos no cuentan con ningún dato, ni una sola referencia histórica, ni una prueba de la existencia real del grial.


Lo que ciertamente no es es algo como lo que se describe en el siguiente trozo de oratez: ... el Grial fue el recipiente utilizado por Cristo durante la Última Cena, tallado, tal como lo refiere la tradición griálica, sobre una esmeralda que se desprendió de la corona que portaba Lucifer sobre la frente y que se desprendió en el momento de su caída a los Infiernos, al ser derrotado por el arcángel Miguel. Resulta significativo que antes de su caída, según la Kabala, Lucifer era el ángel de Kether, la corona, la primera de la séfiras, cuyo nombre hebreo sería Ha-Kathriel y su valor numérico 666.

Vaya, mayor colección de majaderías en tan breve espacio sólo puede encontrarse en las páginas de publicaciones como Más allá (de la razón) de donde extrajimos este parrafillo.


Fuente